jueves, 17 de septiembre de 2015

El comandante y la comunicadora

Érase una vez un comandante del Ejército. 
                                               
Érase una vez una comunicadora social.

Érase una vez un comandante y una comunicadora que se casaron y formaron un hogar. Él se esforzaba lo más posible por avanzar en el Ejército; ella por avanzar.




Érase una vez un comandante que decidió levantarse en Locumba contra el gobierno de Fujimori, el mismo día, causalidades de la vida, en el que el asesor Montesinos se embarcaba en sinuosa y oportuna fuga marina.

Érase una vez un comandante que tenía un díscolo e impredecible hermano. Este hermano, que también era militar, atacó a una comisaría pidiendo la renuncia del entonces presidente Toledo. El comandante había sido quien preparó el ataque, aun cuando, detalle menor, en ese momento se  desempeñaba como agregado militar del gobierno del propio Toledo. Cuando la asonada fracasó, el comandante no tuvo inconveniente en negar su participación  y, por el contrario, condenar lo ocurrido.

Érase una vez un comandante y una comunicadora que formaron un partido al que llamaron nacionalista. Henchidos de nacionalismo recibieron la contribución de un conocido gobernante extranjero. Este ilustre hijo de Bolívar les enviaba  miles de dólares para fortalecer el partido y para los gastos de la campaña electoral. La comunicadora le comunicó a su esposo, el comandante,  que primero había que fortalecer el patrimonio de la familia, de la familia de ella.

Érase una vez unas elecciones en las que, en la primera vuelta, un comandante prometió a los más necesitados que haría la revolución si llegaba al poder. En la segunda vuelta, el comandante aseguró al gran público que ya no haría la revolución, pero al mismo tiempo le decía a sus primeros votantes que la revolución iba de todas formas.

Érase una vez un comandante del Ejército que llegó a ser Presidente de la República. Cuando estuvo en campaña, había criticado con dureza los delitos cometidos por Montesinos, al mismo tiempo que uno de sus principales ayudantes era un militar montesinista. Ya instalado en Palacio de Gobierno,  le pareció conveniente para el país nombrarlo asesor presidencial.

Érase una vez en un presidente que había sido comandante.  En campaña, el mandatario había dicho que lucharía contra el narcotráfico. Repitió el discurso por calles y plazas, sin importarle haber llevado al Congreso a al menos una persona relacionada con el tema. Tampoco tuvo reparo alguno en contratar como abogado al defensor de una familia vinculada al narcotráfico. Siendo presidente, consideró imprescindible que tan ilustre personaje se convierta en su asesor jurídico.

Érase una vez una comunicadora que era la esposa de un presidente. La comunicadora había entendido que si la campaña la había hecho junto con su esposo, el gobierno debía tener el mismo tenor. Primero se convenció de ello a sí misma, después al presidente y luego a los demás. Así pues, desde los albores del gobierno, la esposa el presidente cogobernaba. Ante cualquier asomo de crítica a su injerencia, la comunicadora zanjaba el tema asegurando que ella no era quien gobernaba en Palacio y, eso mismo, ya era una orden.

Érase una vez una comunicadora que también era presidenta de un partido llamado nacionalista. La dirigente política criticaba duramente a sus oponentes, con justa razón. Les decía que no debían esconderse tras una serie de enredaderas legales solo para no afrontar la justicia. Eso se llama impunidad decía la mujer, levantando la voz y alzando el brazo.

Érase una vez que esta misma comunicadora y esposa del presidente obtuvo tarjetas milagrosas y perdió agendas imperdibles y, debido a ello, protagonizó sin querer varios informes periodísticos. Y, entonces, cuando los indicios se multiplicaban y las denuncias arreciaban, esta misma mujer,  otrora combatiente incansable de la corrupción, decidió utilizar todas las argucias legales posibles solo para no afrontar la justicia. Pero entonces eso ya no se llamaba impunidad sino derecho a la defensa.

Érase una vez un comandante y una comunicadora que soñaron con cambiar al Perú y su economía, y, lamentablemente, lo consiguieron.



Publicado en la revista Velaverde Nº132

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