lunes 5 de diciembre de 2011

¿Más vale Calle 13, que nunca?

Llegar tarde, decía mi profesor de psicología, es signo de poder...de poder llegar tarde, claro. La frase me vino -tarde- luego de lo ocurrido con la tardía presentación de Calle 13 en el Estadio de la Universidad de San Marcos. Aquí, una breve declaración de solidaridad ante la andanada de críticas recibidas puntualmente por una de las bandas con mejor rendimiento en el escenario, sobre todo cuando logra llegar al escenario.


Yo, que llego tarde hasta cuando llego temprano, me solidarizo con los muchachos de Calle 13. Y es que no hay derecho. Residente y Visitante han hecho hasta lo imposible por venir a Lima y brindarse por completo...bueno, pudieron empezar por no programar un concierto en Lima el mismo día que tenían otro en Caracas, pero en fin, eso le pasa a los mejores artistas...y también a ellos.

La tuitósfera no podía más. Los tuits fueron cambiando a medida que la hora avanzaba. “ojalá que los muchachos de Calle 13 lleguén pronto a Lima”, “ojalá que los de Calle 13 lleguen de una vez Lima”, “ojalá que los tipos esos de Calle 13 nunca vengan a Lima”, “ojalá que vengan, pero para sacarles…”.

Por fin, ahí estaba Calle 13 en el escenario. Como ya era algo tarde -apenas las 3 de la mañana- Residente optó por no perder más tiempo y empezó raudo el concierto ante el desconcierto de quienes esperaban algunas disculpas previas.

Entonces Residente fue pifiado y hubo quien le lanzó -con gran puntería, por cierto- un par de llaves que impactó en su cara. En seguida, Residente dijo que quien haya sido que suba al escenario, a ver “atrevete-te”, “ven y critícame”. “Vamoa a portarnos mal”, anunció entonces Residente, y Visitante trató de apaciguar los ánimos pidiendo “calma pueblo”.

Pero, a ver, me pregunto: ¿dónde quedó eso de que hay que tratar bien al turista? ¿dónde la legendaria hospitalidad peruana? Entonces, ¿acaso es muchos esperar apenas 6 horas para ver a Residente y Visitante? ¿Acaso es mucho esperar 360 minutos para escuchar que Calle 13 cante “El baile de los pobres” después de venir en su avión privado? Insisto, ¿acaso es demasiado soportar parados 21600 segundos para ver cómo Residente le diga al público “´los que no se quieren quedar váyanse al carajo”?

Mantengamos la cordura y no adelantemos innecesarios juicios de valor. Las cosas en su sitio. No hay que olvidar, además, que Calle 13 bien puedo haber desistido de venir a Lima y hubiesen preferido descansar, pero el hecho que viniera a pesar del cansancio dice mucho de ellos (y dice mucho también de las multas por infringir contratos).

Lo que sí debo resaltar es que la prensa no ha caído en el juego de aquellos que critican sin fundamento. Muy temprano he revisado en la web como los medios han informado de la extraordinaria performance de Calle 13. “Increíble”, “Inolvidable”, “´Noche mágica”, fueron algunos de los titulares de la prensa venezolana.

Finalmente, creo que la gente que habla mal de Calle 13 no sabe de la mística, del aire contestatario, librepensador y vanguardista de este grupo musical. Nadie como ellos para decirle las cosas claras al sistema, al mainstream y al establishment musical… y luego ir corriendo a recoger felices los grammys latinos.

lunes 12 de abril de 2010

Yo (casi) maté a Hitler




El conocido arqueólogo y explorador doctor Jones de la Universidad de Indiana acaba de hacer público el hallazgo de una carta que dará nuevas luces sobre la participación del Perú durante la Segunda Guerra Mundial. A continuación el texto:


Enviado por el gobierno de Prado y Ugarteche llegué a la Alemania nazi, en marzo de 1943. Antes de ello había pasado por un muy riguroso entrenamiento.
Exigiéndome al máximo físicamente, pasé largas jornadas yendo la gimnasio todos los días, aunque nunca llegué a entrar. Para fortalecer mi control mental tomé un curso personalizado con un joven llamado José Silva quien estaba perfeccionando un método al parecer bastante efectivo, pero al cual no sabía bien qué nombre ponerle (1).
Al mismo tiempo, hice la proeza de llevar el curso intensivo de alemán de tres años, en apenas tres semanas. En la breve ceremonia de graduación, escuché perfectamente a mi profesor que en alemán dijo que nunca antes había visto un marciano en el techo de la lavadora, o algo así.
El Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas me mandó a llamar un día antes de mi partida, porque hacerlo un día después sería ya muy complicado. El jefe del comando me felicitó por la preparación obtenida, encomió mi fortaleza y me aseguró que tenía una cita impostergable con la historia. Le agradecí, pero le pedí que se apresure porque en verdad la cita impostergable la tenía con el dentista.
Mi misión era clara: Viajar a la Gestapo, introducirme en Hitler y matar a Alemania. Bueno, hay que ajustar algunos detalles, pero la idea era esa.
Pasé dos días enteros caminando en los alrededores de la sede de la Gestapo, estudiando los horarios de entrada y de salida, así como su infraestructura casi infranqueable. Tenía que haber alguna forma de entrar. Al tercer día seguí caminado en los alrededores, pero ya algo desanimado en verdad porque no sabía cómo lograr el ingreso. Entonces sucedió. Pude entrar de la manera más imprevista: me arrestaron por conducta sospechosa.
La misión ya estaba en marcha. Me metieron en una especie de jaula, parecía una inmensa jaula de pajaritos, aunque la verdad el alpiste me pareció excesivo. En seguida pedí audiencia con el mismísimo Hitler. Entonces aparecieron dos tipos. Uno era el encargado de Relaciones Públicas de la Gestapo llamado Gregor Strasser; y el otro, no.
Insistí en que debía ver al Führer pues tenía una información valiosa que darle. Strasser me dijo cortésmente que por el momento Hitler no podría atenderme, pero que mientras tanto estaba muy interesado en averiguar cuántos voltios podía resistir mi cuerpo.
Por suerte, las sesiones de electricidad no duraron demasiado. El último recibo de luz enfureció al Führer, me confesó Strasser. Debo aclarar que la tortura no me dejó ninguna secuela porque yo no soy marinero, soy capitán...por ti seré, por ti seré.
Una noche, cuando estaba a punto de perder la esperanza, la perdí. Entonces, en forma inesperada, apareció el asistente de Strasser. Abrió la celda, apartó el alpiste y el choclo y me sacó de la jaula. Me encapucharon, me subieron a un coche y partimos. Cuando llegamos, me sacaron a rastras hasta una habitación. Solo entonces me sacaron la capucha.
Fue increíble. Frente a mí estaba el objetivo mismo de mi misión. Tenía un bigote recortado a los lados, una mirada siniestra y un sticker pegado en su uniforme que decía: Hitler. Junto a él, según leí en sus etiquetas, estaban Himmler y Goering. Había oído hablar de ellos y de sus atrocidades. Apelé a mi entrenamiento de control mental de Silva. Levité, moví cosas con mi pensamiento, vi el futuro y hasta se me reveló quien ganaría el próximo clásico, pero los nervios seguían ahí.
Hitler se acercó y me pidió que le dijera eso tan importante que tenía que decirle. Himmler me dijo entonces que si mi información no era relevante me mataría de un balazo en la cabeza y lanzaría mi cuerpo a los lobos esa misma noche. Goering le dijo a Himmler que no era necesario agregar eso de que arrojaría mi cuerpo a los lobos, porque la verdadera amenaza era el balazo en la cabeza. Himmler retrucó y habló de que había buscado darle un efecto dramático al asunto. Ambos se enfrascaron entonces en una conversación que pronto devino en discusión, pero siempre alturada y respetuosa. Hitler y yo los mirábamos atentamente. Himmler y Goering siguieron discutiendo y así permanecieron un buen rato hasta que Goering se cansó de discutir y dio un alturado y respetuoso balazo en la cabeza de Himmler.
Hitler ni se inmutó y hasta pareció aliviado. Goering pidió entonces permiso para llevarse el cuerpo de Himmler y lanzarlo a los lobos. Hitler asintió, pero le pareció innecesario eso de lanzarlo a los lobos. Goering dijo que quería dar un efecto dramático al asunto. Hitler y Gorieng se enfrascaron entonces en una conversación que pronto devino en discusión. Goering abrevió las cosas y se disparó en la cabeza. Hitler llamó a unos soldados y ordenó que arrojen a Himmler y a Goering a los lobos. Me pareció exagerado eso de los lobos pero creí conveniente no comentárselo al Führer (2).
Entonces, Hitler y yo nos quedamos solos. Era el momento, la oportunidad que había estado esperando desde que partí de aquella fría mañana del puerto del Callao. Había fabricado un arma pequeña que ocultaba y estaba atada a mi tobillo. Era muy artesanal y solo podía dispararse una vez. Estando a un metro de él, saque el arma. El Führer, furioso, llamó a su seguridad, pero solo apareció un soldado, con la novedad que los miembros de la seguridad estaban disputando un partido de fulbito con la seguridad de Stalin. Hitler se enfureció más aún y golpeando su escritorio preguntó "por qué no se me informan estas cosas". El soldado, que no había notado mi arma, trató de calmarlo, pero Hitler no entendía razones y le ordenó salir de la oficina (3).
Apenas el soldado salió, disparé y el Führer cayó en un charco de sangre, la sangre de Himmler, claro. Lo que siguió fueron sucesos que apenas alcanzo a recordar. Un grupo de soldados en shorts, polos y zapatillas ingresaron y me golpearon sin cesar y sin César, que era el jefe de la seguridad. Luego sentí que me metieron en un auto y me encapucharon y me llevaron otra vez a la Gestapo. Ahí me recibió Strassen, quien me anunció que mi muerte sería lenta y placentera, para él claro.
Estoy a punto de morir, me queda la duda si logré asesinar a Hitler, debí haberle disparado en la cabeza, pero ese bigote recortado me distrajo. En cualquier momento, los asistentes de Strassen vendrán por mí y será el fin. Apelo a mi control mental para afrontar este último momento. Si alguna vez se encuentra este texto, quiero decirle a mi familia que la quiero mucho y quiero decirle a todos mis acreedores: ja-ja-ja.
1. Años después, José Silva, ex vendedor de enciclopedias, triunfaría creando el ahora famoso Método Silva.
2. Según la versión oficial, Goering y Himmler murieron tras ser atacados por lobos armados mientras paseaban en el bosque.
3. Es muy probable que la referencia al partido de fulbito sea inexacta, pues se sabe que la seguridad de Stalin prefería el voley.

miércoles 20 de enero de 2010

El caso (y ocaso) de Benjamin Franklin en Miraflores


Primero pensé que era una broma, una tomadura de pelo (o una cámara escondida); pero, contra todo pronóstico, resultó siendo cierto. Hoy, que el tiempo ya pasó y que estoy en la clandestinidad, puedo relatar lo sucedido. 


La mañana del lunes 5 de abril del 2004 no sé qué habrá pasado, pero al día siguiente fue cuando conocí a Don Estuardo.

Yo estaba sentado en una de las tantas bancas que hay en la avenida Pardo, en Miraflores. Acababa de dejar mi trabajo por una diferencia de opinión con mi jefe (él quería que me largue y yo no), así que trataba de encontrar la forma de retomar el camino, cuando de pronto alguien se paró frente a mí. Era Don Estuardo, claro que en ese momento no lo conocía. Entonces, sin más, me preguntó: "¿Eres tú?". Por un segundo -bueno, por dos- quedé pasmado. De acuerdo a como se le viera, podría tratarse de una pregunta existencial, de hondo contenido filosófico, o también podría tratarse de una estupidez.
Sí, soy yo, le respondí con poco existencialismo y más bien con mucho de estupidismo.
Entonces sucedió algo improbable. Don Estuardo metió la mano en su saco y extrajo un inmenso fajo de billetes de 100 dólares, lo que resultó impresionante considerando que no tenía saco. Toma, me dijo; y yo, en un acto casi involuntario, estiré mi mano y recibí el dinero. Entonces me dijo: Me llamo Don Estuardo, también podrías llamarme Juan, pero no tendría sentido.
¿Qué es esto?, pregunté sin salir del asombro. "Son dólares, creí que lo sabías", me dijo y luego sacó más fajos y agregó "para ser más exactos son 100 mil dólares".
Yo seguía atónito, totalmente despalabrado. Don Estuardo notó mi perturbación. "No te preocupes" me dijo y agregó "si no me sigues ni dices nada a nadie nos vemos en un año, en este lugar y a esta misma hora". Y así, de repente, se fue. No tuve tiempo de preguntarle nada más, ni siquiera pude pedirle su email para agregarlo al messenger.
Palpé el dinero y sentí que Benjamin Franklin, cuyo rostro aparece en los billetes de 100 dólares, me observaba. Luego levanté la cabeza y me quedé unos minutos mirando hacia todos los lados, buscando alguna explicación y buscando también un banco donde hacer el depósito antes que Don Estuardo regrese arrepentido.
En mi depa, con el dinero ya en mi cuenta de ahorros, decidí tomar las cosas con calma. Mi primera pregunta fue si debía gastar o no el dinero. Una parte de mí me decía que sí, otra parte me decía que no, otra parte me decía que lo haga pero con responsabilidad y otra parte me decía que mejor vaya a tratar mi problema de personalidad múltiple. Decidido a usar el dinero, medité sobre cómo debía gastarlo. De pronto, la idea de ayudar a los pobres del país pasó por mi mente, pero pasó muy rápido.
Al final viajé mucho y compré muchas cosas útiles, algunas de telemarketing (tengo un kit completo para destender la cama) y otras de maquinaria pesada (la limpiadora de nieve está como nueva).
El tiempo pasó y un año después yo estaba sentado en la misma banca y a la misma hora (y con la misma ropa para ser sincero). Miraba a todos lados esperando la llegada de Don Estuardo. Varias interrogantes pasaban por mi mente (¿por qué se pierden los imperdibles? ¿Edipo sufría o no del complejo?). Entonces lo vi.
Caminó hasta mí con paso cansado. Volvió a sacar varios fajos de billetes y me los dio. "Nos vemos en un año", me dijo. Esta vez no pude contener la curiosidad y le solté todas las preguntas que debía haberle hecho hacía un año y que habían rondado en mi cabeza durante todo ese tiempo. ¿Quién eres? ¿Por qué haces esto? ¿Por qué me elegiste a mí? Se me acercó con aires de abuelo engreidor y me respondió: "En verdad nada de eso importa".
Los dos años siguientes fui al mismo lugar y Don Estuardo apareció sin falta. Le volvía a importunar con mis preguntas y él siempre me daba evasivas, pero también me daba el dinero así que todos felices y contentos.
Este año volví a sentarme en la banca en la fecha y hora indicada, pero Don Estuardo -para mi congoja- nunca llegó.
Todo cobró sentido cuando semanas después vi su foto en El Comercio. Estaba en una nota que daba cuenta del extraño caso de Don Estuardo Ibañez del Campo, un anciano millonario que había fallecido de cáncer y que, para sorpresa y estupor de sus herederos, había gastado casi toda su fortuna entregando ingentes cantidades de dinero a desconocidos. La nota afirmaba que se está buscando a los beneficiados para recuperar el dinero, pues según uno de sus mortificados herederos "ese viejo loco no tenía derecho a dilapidar la fortuna familiar".
En salvaguarda de mi seguridad personal he cambiado los nombres y lugares que aparecen aquí (por ejemplo, las cosas no sucedieron en la banca que mencioné de la avenida Pardo, sino en la banca del costado).
Y bueno, pese a estar en la clandestinidad, no me puedo quejar. Al final, me queda el recuerdo desinteresado de aquel viejecito que me procuró tantas alegrías. Siempre evocaré con nostalgia el apacible, amable y verdoso rostro de Benjamin Franklin. 

miércoles 13 de enero de 2010

De Messi, Saturno y el Queso Parmesano



Es posible que no me crean. Total, si yo mismo no hubiese visto las cosas que vi, tampoco lo creería.
Todo empezó con el Big Bang, pero ese es otro tema. Mi historia se inició a principios de este año. Estaba viendo el clásico Barcelona - Real Madrid, mientras Gladys, mi enamorada, preparaba un plato hecho de pastas, o algo así.
"Amor, me olvidé del queso parmesano", dijo como si no me estuviera pidiendo nada, pero claro yo sabía que era todo lo contrario. "No te preocupes, amor, yo voy", le dije en seguida porque soy todo un caballero, según mis amigas y un mongazo según mis amigos. Pero como el Real parecía estar a punto de empatar al Barza y como yo había apostado a favor del Barza pensé que el queso parmesano, caballero, podía esperar. Sin embargo, Gladys no pensó lo mismo y me dijo: "Gracias, amor, pero apúrate amor que tengo que usarlo ahorita, ¿ya amor?". "Ya", le dije y así, abrumado por tanto amor, me fui caballerosamente a comprar.
Salí del depa y calculé que regresaría en unos cinco minutos como máximo. Crucé la pista, caminé una cuadra y llegué a la bodega del chino de la esquina, cuya peculiaridad era que no estaba en la esquina, sino unos metros antes. El chino me preguntó qué marca quería, pero yo andaba pensando más en la marca que el Real entero le hacía a Messi, así que le pedí cualquiera. Pagué y salí con lo comprado. Entonces sucedió.
Empezaba a alejarme de la bodega cuando sentí que una sombra me rodeó y que era elevado a gran velocidad. Entonces, miré hacia arriba y vi que estaba yendo hacia un agujero en medio de una especie de masa, segundos después supe que se trataba de la entrada a una nave espacial cuando vi el letrero que decía: "Entrada a la nave espacial".  Vi luego a un ser que no parecía humano, lo cual no me asustó del todo considerando que tengo un par de amigos subtes. Antes de que pudiera reaccionar, mi cuerpo empezó a perder peso (cosa que no me disgustó). Floté y avancé hasta descender sobre una camilla. De la nada, unas correas pequeñas surgieron y me aseguraron brazos y piernas.
Era un momento particularmente dramático e incierto. Sabía que cualquier cosa podría estar a punto de pasar. "¿Empatará el Real?", fue lo primero que pensé en ese instante.
De pronto, sentí que volvía a flotar, pero esta vez me iba desvaneciendo. Entonces, me empecé a elevar y, en ese momento, fue cuando mirando hacia abajo me vi a mí mismo echado sobre la camilla. Ahí estaba yo. Aterrado, después de ver todo mi cuerpo comprendí que me había desdoblado y que, en verdad, debía empezar una dieta cuanto antes.
Pero entonces empezó el viaje. Noté que el ser no humano que había visto al llegar a la nave ahora flotaba junto a mí, o al menos sentí su presencia. Fue increíble, primero me asusté pero después perdí el miedo. Tuve que amoldarme a no tener cuerpo, a ser solo una especie de alma. Al principio no fue fácil, sobre todo cuando traté, en vano, de rascarme la cabeza. Pero cuando superé eso, todo fue más sencillo.
Segundos después ya estaba viajando en medio del universo. Empecé a viajar por el sistema solar mientras la voz del ser no humano me iba hablando, haciendo de guía, que no te acerques mucho que éste es el Sol, que igual ten cuidado con Mercurio, fíjate que Marte es el planeta que más se parece a la Tierra, perdón me equivoqué, ésa es la Tierra. Así me fue indicando todos los planetas. El único planeta que reconocí fue a Saturno, por los anillos.
El viaje me pareció fascinante, lastima que no vendieran souvenirs, hubiera traído unos llaveros alucinantes. En un momento dado, la voz me anunció que el tiempo del viaje había concluido y, en tono confidente, agregó: es más, nos pasamos cinco minutos.
Entonces volvimos a la nave y sentí que nuevamente me incorporaba en mi cuerpo. Las correas se soltaron y quedé de pie. La voz del ser no humano me dijo que habían analizado mi cuerpo y que me agradecían por mi colaboración. Yo les dije que no había problema, pero que me devuelvan el queso parmesano. Así lo hizo y luego me dijo que nos volveríamos a ver pues era probable que otro día necesiten hacerme otros análisis.
Yo iba a responder, pero no pude. En menos de un segundo me encontraba otra vez, al frente de la bodega del chino de la esquina. Apreté en mi mano el queso parmesano y, aún conmocionado, regresé al depa. Sentí que había pasado horas, pero al ver que el partido continuaba comprendí que no había sido así. El tiempo del partido en el televisor me dio a entender que había pasado unos pocos minutos en realidad.
Gladys salió de la cocina. Me sonrió y se llevó el queso parmesano. Yo me detuve a pensar un momento en lo que me había ocurrido, en la vastedad del universo, en el destino de la raza humana y la relatividad del tiempo terrestre, pero detuve mis pensamientos cuando comprendí, anonadado, lo que había ocurrido.
No lo podía creer. El Real había empatado.

sábado 22 de agosto de 2009

Aquiles Miró y el crimen de porcelana


Francisco Mantilla, conocido por sus amigos como “Pacotilla”, fue encontrado por la mañana en su cama en posición de cubito ventral, de cubito mortal más bien porque hacía rato que había dejado de existir. Aunque inicialmente se pensó que se había tratado de un suicidio, los 20 cuchillos encontrados en su espalda parecían indicar lo contrario.

Pocos minutos después arribó a la escena del crimen el célebre detective Aquiles Miró, famoso por ser un gran observador y por preparar todos los sábados unos extraordinarios tamales dominicales.

Miró hizo llamar a todos los habitantes de la casa. Casi en fila se pusieron delante de él, ordenaditos, como si hubieran ensayado antes. Ahí estaba la esposa, el hijo, el ama de llaves y el mayordomo. Aquiles Miró no dudo un minuto; dudó dos, pero en seguida se le hizo claro que el asesino era uno de ellos. Así que decidió interrogarlos -sin pérdida de tiempo- al día siguiente.

Los sospechosos
La esposa, de carácter más bien agrio y que estaba a punto de divorciarse, apenas si contestó las preguntas de Miró. Éste no se sorprendió y se limitó a apuntar en su libreta: “Mujer de Pacotilla”.

El hijo, en cambio, se mostró de lo más colaborador pues absolvió a todas las preguntas. Sin embargo, Miró tuvo serias dudas sobre su condición mental, considerando que a todas las interrogantes respondió: “Pásame el champú”.

El ama de llaves, sobria cuando no estaba ebria, aseguró a Miró que no podía asegurarle nada. Su mayor aporte fue el excelente café que sirvió a Miró.

Aún siquiera antes de que el mayordomo dijera algo, Aquiles Miró alzó las cejas y asintió con la cabeza. En seguida, Miró calificó mentalmente la presencia del mayordomo como sospechosa, considerando que en la casa nunca hubo mayordomos.

Confesión y desenlace
Apenas 15 minutos después, el caso dio un giro de 360º y el mayordomo confesó todo. En realidad no era un mayordomo, era un sicario subcontratado por otro sicario a la vez subcontratado por otro. Además, dijo que fueron 20 cuchillos por pedido explícito de quien lo contrató, aunque no quiso decir de quién se trataba. Miró, sin miramientos, le explicó la grave situación en la que se encontraba por el tema de la subcontratación. Luego, Miró recordó los detalles que había visto en la escena del crimen y tras cavilar unos segundos, salió del cuarto de interrogatorios.

Minutos después, acompañado de otros policías, Aquiles Miró llegó a la residencia de Pacotilla y arrestó a la esposa, ahora viuda. La mujer no dijo nada en su defensa, sólo se alteró un poco al ver que algunos policías habían dejado manchas en la alfombra. Finalmente, el caso estaba resuelto.

En la sala, antes de retirarse del lugar, los policías rodearon a Miró y les pidieron que les dé una explicación. Aquiles Miró alzó las cejas y asintió. Empezó explicándoles que preparar tamales es todo un arte y no se puede tomar a la ligera. Tras ser interrumpido y conocer la verdadera explicación que le pedían, Aquiles Miró dijo pensando quien pudo contratar al asesino, recordó en seguida que en la escena del crimen había visto una tarjeta que decía Felices Bodas de Porcelana, es decir el vigésimo aniversario. Miró explicó que relacionó en seguida la mala relación de los esposos, los 20 años de matrimonio y el número de cuchillos encontrados en la espalda de Pacotilla.

En medio de la algarabía de los policías que seguían rodeándolo, Aquiles Miró aprovechó el momento y antes de retirarse del lugar, hizo una de sus más sesudas reflexiones criminalísticas que dejó desconcertados durante horas a sus colegas: si algunos matan por dinero, ¿por qué otros matan por la espalda?

martes 11 de agosto de 2009

La historia silente de Pedro Peña


Pedro Peña nació en 1935, siendo todavía muy pequeño. Desde sus primeros días sus padres descubrieron en él dos cosas que lo diferenciaban de los otros niños: sus extraordinarios dotes para hacer gestos y el hecho poco usual de tener 6 dedos en cada mano. Tras una breve y simple cirugía los dedos sobrantes fueron extraídos, momentos antes de la operación el pequeño Pedro fue fotografiado para los anales de la medicina, y para el Circo Perejil.


Pero el inicio de su carrera se dio una tarde fría de verano, misma tarde que sufrió un leve ataque de pulmonía. Ese día, el destino quiso que pasara por el pueblo un famoso mimo llamado Marcelo Mutis, quien lo vio realizar su célebre acto mímico titulado: “La cuerda”. En este acto el joven Peña hacía las delicias del público simulando coger y jalar una cuerda de diversas formas, sin más elementos que su cuerpo y…una cuerda. El maestro, ante tal acto, quedó dubitativo respecto a Peña: se trataba de un genio o de un perfecto idiota.

Terminado el celebrado acto, Marcelo Mutis se presentó ante Pedro, quien se mostró muy emocionado de estrechar, por fin, la mano de semejante figura. Ahí Marcelo Mutis le dijo que había visto su acto y que estaba interesado en llevárselo como su discípulo.

Adiós al pueblo
Sin embargo, el partir no fue fácil, sobre todo porque sus padres no querían dejarlo ir. Pedro era su único hijo y no se imaginaban la vida sin él. Marcelo Mutis les dio una idea del dinero que Pedro les podría enviar y entonces ya empezaron a imaginarse la vida sin él. Y aunque muchos allegados les criticaron que hayan aceptado “la palabra de un mimo”, los Peña aceptaron entonces de buena gana – y muy sonrientes- la partida de su hijo. Pedro se alegró de que sus padres hayan asimilado por fin su partida, todo bien, pero igual le pareció un exceso que al día siguiente ya hubieran alquilado su habitación y lo hayan hecho dormir en la sala.

MM llevó a Peña a su hogar, en París. Ahí Peña se pasaba las dos primeras horas del día, perfeccionando su técnica con la invalorable y desinteresada ayuda de su maestro; el resto del día se lo pasaba limpiando, cocinando, lavando y planchando. Apenas tres años después, Pedro Peña se había convertido en uno de los mejores mimos del mundo y uno de los mejores amos de casa, también. Viajó por toda Europa, al principio con un breve acto que antecedía a su maestro Marcelo Mutis, pero no tardó en protagonizar sus propios números. Mutis parecía feliz de lo alcanzado por Peña, incluso cuando ya empezaban a contratarlo más a su discípulo que a él mismo.

Podando el césped
Hasta que llegó la fatídica mañana en que un empresario le ofreció al maestro un contrato para actuar como antesala de su propio discípulo. Marcelo Mutis no se inmutó; alzó los hombros y rechazó la propuesta con el mejor talante posible, mientras comprobaba qué tan complicado era afeitar al empresario con un hacha.

Cuando Pedro Peña llegó y vio a su maestro con el hacha ensangrentada en mano y junto a él, al empresario, bien afeitado eso sí, pero sin ninguna posibilidad de volver a respirar, comprendió que era momento de volver a casa.

Antes, Peña llevó en secreto a su maestro Marcelo Mutis a un centro de rehabilitación mental. En el camino a dicho lugar, Peña se recriminó el no haberse percatado del estado de su maestro. Debí haber imaginado que algo andaba mal, pensó. Pedro recordó entonces aquella tarde en que encontró a Marcelo Mutis podando el césped, lo que resultó bastante extraño, considerando que no tenían ni podadora ni césped.

El hijo pródigo
Finalmente, luego de pasear su talento por el mundo, Pedro Peña regresó a su pueblo natal. Allí fue recibido por un entusiasta grupo de chiquillos quienes, afortunadamente, solo le robaron unas cuantas monedas y un par de relojes. En camino a su casa, la gente lo reconocía y lo saludaba afectuosamente. Y ante tanto entusiasmo decidió hacer un pequeño número. Así, hizo las delicias de la gente con su célebre acto mímico titulado “El bastón”, donde simulaba apoyarse y mover un bastón de diversas formas, sin más elementos que su cuerpo y…un bastón.

En casa, en cambio, sus padres se pasaron la tarde entera recordándole que no les había enviado ni un cobre durante todos esos años. Esa noche, acostado en la sala, Pedro Peña no podía dormir de tanto escuchar los graves ronquidos del desconocido que alquilaba su habitación y de tanto recordar lo insoportable que se habían vuelto sus padres.

Creo que mañana me voy a afeitar, pensó.

lunes 3 de agosto de 2009

"El Duende": una gloria del deporte nacional


El 5 de junio de 1915 nació Juan Ernesto Flores Del Campo. Decir este nombre es casi decir nada, pero si digo que se le conocía como “El Duende”, en verdad es casi lo mismo. En fin, para afirmarlo de una vez, “El Duende” fue uno de los mejores boxeadores que ha brindado este país.

La primera señal
Sus primeros pasos los dio con mucha dificultad, debido sobre todo a que apenas tenía un año. Pero la primera señal que dio de sus condiciones pugilísticas ocurrió cuando una tarde de verano, su padre se negó a comprarle un caramelo de limón. Juan Ernesto, comprensivo, le pidió a su padre que por favor se inclinara un tanto hacia él, tras lo cual le dio un furibundo golpe en el rostro amable –y ahora sangrante- de su progenitor.

El padre, tan amoroso como siempre, celebró la inusitada fuerza de su hijo. De regresó a casa, siguió celebrando ello mientras iba averiguando cuántos correazos podía darle a Juan Ernesto antes de que se le desintegre la correa –o su hijo, claro.

Se inicia la leyenda
Pero la tarde en que cambiaría su vida, fue cuando entró por primera vez al gimnasio del barrio y vio a dos hombres con guantes golpeándose sobre el cuadrilátero, aunque –según cuenta en sus memorias, en ese momento no sabía qué significaba cuadrilátero. Desde entonces frecuentó el lugar y un día, con 15 años recién cumplidos, se calzó los guantes y se enfrentó a varios retadores. No tuvo problemas en tumbar a los retadores menores de 10 años, aunque uno de 6 años lo tuvo a mal traer.

Sin embargo, el reto fue el pelear con Lucas, un joven de 17 años que ya había peleado incluso oficialmente. Nadie daba nada por Juan Enrique, pero éste dejó a todos boquiabiertos cuando –pensando en un caramelo de limón- le dio un golpe tan duro a Lucas, que éste cayo inmediatamente al suelo. Han pasado años ya, pero hasta donde se sabe aún no pueden reanimar a Lucas.

Antes de continuar conviene explicar el origen del apelativo “El Duende”. En verdad no tengo idea.

En fin, lo cierto es que con ese apelativo llegó a su primera pelea profesional a los 18 años. Desde entonces “El Duende” o Juan Enrique se encumbró aceleradamente como el mejor boxeador de su generación y de la historia del país después. Así, consiguió el campeonato mundial peso Pluma.

Juan Enrique retuvo la corona nada menos que cuatro años, lo que fue considerado como un hecho histórico por la prensa especializada, pero también como un hecho delictivo por la policía, pues había perdido el campeonato hacía años durante su primera defensa.

La última pelea
La última pelea, aquella que representaba el adiós de un ídolo como “El Duende”, fue realizada en una gran carpa construida especialmente para tan magno evento. Aunque según las malas lenguas durante años se había presentado ahí el Circo de Tomatín, Tuco y los Espagueti. El caso es que esa noche la multitud colmó las graderías, gracias al cariño y admiración que le proferían a Juan Enrique, y quizá también gracias a que se había anunciado la entrega gratuita de ropa y víveres.

El desarrollo de esa pelea fue emocionante. Al final, entre aplausos, "El Duende" fue sacado en hombros por sus fanáticos y llevado de urgencia al hospital más cercano. Afortunadamente, la paliza que sufrió no fue tan grave como se supuso en un comienzo, pues apenas dos semanas después nuestra gloria pugilística ya podía volver a pestañear.

Sin embargo, el tiempo es ingrato y ahora la figura de Juan Enrique “El Duende” es casi desconocida.
Hoy, a 30 años de su temprana muerte -como a las 7 de la mañana- no queda más que recordar la importancia de un personaje tan relevante en la historia del deporte nacional. Que el país, entonces, no olvide jamás a Juan Enrique, “El Duende” *.

* Ahora que lo pienso, ¿ “El Duende” no le decían a otro boxeador?