lunes, 8 de diciembre de 2014

El prófugo eficaz

Después de un par horas de viaje, el hombre, vestido de impecable terno y cargando un maletín de cuero, descendió de la camioneta de lunas polarizadas. Observó a su alrededor: pequeñas casas se repartían en forma desordenada por las laderas de un cerro. Ante un gesto, los miembros de su seguridad permanecieron en el interior del vehículo.

El hombre, apretando el asa del maletín entre sus dedos, caminó unos pocos metros y luego dobló a la izquierda. Parecía seguir un mapa mental cuidadosamente estudiado. Volvió a doblar a la izquierda y entonces se acercó a un poblador que, sentado frente a su casa, trataba de dormir.

-Señor, disculpe, ¿conoce la casa de Belaúnde Lossio?
-Ah sí, el prófugo –dijo el poblador-. Mire, ¿ve esa casita pintada de marrón con rosado?
-Sí. ¿Esa es?
-No, no, pero ¿puede usted creer que alguien la haya pintado así?



El hombre del maletín se pasó la mano por el cabello. Luego se agachó para acercarse más al poblador.

-¿Me puede decir cuál es la casa?
-Sí, mire, ¿ve esa casa de rojo que está en la esquina?
-Sí, esa es entonces.
-Tampoco, pero de ahí doblando la esquina hay una que tiene pintada una equis en la fachada.

El hombre se incorporó y agradeció.

-Señor –dijo el poblador- sabe, yo tengo una tiendecita adentro de mi casa y el señor Martín me tiene una cuentita. Dígale que no se olvides pues.

El hombre del maletín asintió y luego enrumbó a la esquina. Cuando estuvo frente a la casa, golpeó la puerta: toc-toc-toc y luego de un par de segundos: toc-toc.

-¿Quién es? –preguntaron desde dentro de la casa.
-Vengo de parte de ya sabes quién.
-¿Y la clave de la puerta?
-Ya la hice.
-Esa no es, te faltó un toc.
-¿Puedes abrirme por favor?

La puerta se abrió y el hombre ingresó a la pequeña sala, amoblada apenas por un sillón personal y uno para tres. En medio de ella, la figura de Belaúnde Lossio se imponía.

-Siéntate por favor- le dijo.
-Gracias –dijo y se sentó en el sillón más pequeño.
-Te digo la verdad –dijo Belaúnde Lossio- me sorprende que hayas venido tú mismo.
-Es que el asunto ya se está poniendo demasiado peligroso, como bien debes saber.
-Sí, entiendo, pero ¿no es más peligroso que se sepa que el propio Ministro de Justicia haya venido a verme?

El ministro Figallo sonrió.

-Más peligroso sería que se sepa que sabemos dónde estás.
-En todo caso más peligroso sería que yo empiece a hablar.

Figallo alzó el maletín y lo puso sobre sus piernas.

-Justamente eso queremos evitar.

Belaúnde Lossio miró el maletín.

-¿Qué traes ahí?
-Ahora vas a ver.
-Espera, espera. Dime, ¿no hubiera sido mejor que vengas con una ropa más casual?
-Bueno, es que de aquí tengo una reunión y…
-¿No me digas que has venido hasta aquí con toda tu seguridad?
-No, como crees, se quedaron en la camioneta en la otra cuadra.

Belaúnde Lossio se cubrió la cara con las palmas de sus manos y movió la cabeza.

-No te preocupes.
-Bueno, ya, dime, ¿qué hay en el maletín?

Figallo pone su dedo sobre la rueda de metal y hace girar los pequeños rodillos hasta dar con la clave. Luego abre el maletín y saca de él un sobre.

-Toma. Te lo envía ya sabes quién.
-¿Ollanta?
-Yo no te puedo decir, pero sí.



Belaúnde Lossio abrió el sobre y antes de leerlo, miró a Figallo.

-Dime ¿y no pudiste traer este sobre en tu saco nomás?

El Ministro alzó los hombros.

-Vamos –dijo- léela de una vez.

Belaúnde Lossio extrajo el papel y empezó a leer. Mientras sus ojos recorrían la nota, sus facciones se iban suavizando. Cuando terminó, con el alivio dibujado en su rostro, volvió a mirar al Ministro.

-Vaya, muchas gracias. Es decir, dile que muchas gracias.
-¿Le digo que gracias?
-Claro, mira, después que dije eso que no me iba a ir gratis a la cárcel, pensé que Ollanta y Nadine estarían furiosos conmigo, pero me alegra que entiendan mi posición.
-Pero ellos están furiosos contigo.
-Eso no dice la carta. Si hasta me han prometido una manta.
-¿De qué hablas? ¿Has leído bien?
-Claro, es decir, no tengo mis lentes para leer, pero igual distingo bien. Así que por favor agradécele a Ollanta de mi parte y, claro, a Nadine también.
-A ver, léeme la carta, quiero ver por qué estás tan agradecido.
-Mira –dijo Belaúnde Lossio, sosteniendo la carta de modo que los dos la veían-. Aquí dice: “No te olvides, estimado, que te tomen la presión”.
-No –dijo Figallo- ahí dice: “No te olvides que es tu miedo que te metan a prisión”.

Belaúnde Lossio movió su cabeza hacia atrás.

-Pero debe ser un error. Mira, aquí dice después: “Cuando todo termine, verás cómo se te espera, con fiestas y mujeres”.
-No –dijo Figallo- ahí dice: “Cuando lodo me tires, verás lo que te espera: confiesas y mueres”.

Belaúnde Lossio empezó a pestañear repetidas veces. Se reacomodó en el sillón grande.

-Y aquí, mira, aquí dice: “La manta que Nadine te mandará es para el frío”
-No –dijo Figallo- ahí dice: “Lamento que nadie te sacará de este gran lío”.

Belaúnde Lossio se puso de pie. Con el rostro agravado, caminó de un lado a otro por la pequeña sala.

-Pero esto no puede ser –dijo mientras no dejaba de caminar- ¿entonces no hay manta?
-No –dijo el Ministro-. Pero qué querías también. Te la has pasado amenazando a todos. Tú has buscado esta reacción. Pero, claro, queda una posibilidad para ti.
-Sí, claro, que hable y hunda a todos.
-Pero te hundirías también tú. No dejes que tus impulsos te traicionen. Vamos, siéntate.

Belaúnde Lossio se detuvo y se sentó.

-Podemos hacer que te acojas a la figura del colaborador eficaz.
-Pero eso implicaría aceptar que he cometido delito.
-Ya pues Martín –dijo Figallo- dejémonos de cosas. Pese a que está molesto contigo, Ollanta está de acuerdo en que te ofrezcamos que seas colaborador eficaz. Así podrás llevar el proceso en comparecencia restringida y, con suerte, luego podrás salir del país como protegido.
-Pero igual voy a tener que hablar.
-Sí, claro, pero lo que digas ya puede ser direccionado y no tienes que decir todo tampoco.
-No está mal la idea, pero no califico para eso. Lo sé porque he estado leyendo todo lo que hay que saber sobre leyes.
-A ver ¿cuáles son las leyes de Newton?
-Vamos te hablo en serio. Yo no califico como colaborador eficaz.
-¿Lo dices por lo de eficaz?

Belaúnde Lossio quedó en silencio mirando al Ministro.

-Mira –dijo Figallo- no te preocupes por eso. Yo me encargo de allanarte el camino. Déjame todo a mí.
-Bueno, voy a confiar en ti entonces. Ten cuidado nomás que todo se descubra.
-Por favor Martín, ¿quién soy yo?
-Figallo.
-¿Con quién estás?
-Con Figallo.
-Entonces pues, tú tranquilo.

El Ministro se levantó y caminó  a la salida. Belaúnde Lossio lo alcanzó y  abrió la puerta. Ambos se dieron un apretón de manos.

-Antes que me olvide –dijo Figallo-. Un vecino tuyo me dijo que le tenías una cuenta.
-Ah sí, no le hagas caso. En verdad no es mi vecino. Es uno del grupo Terna que Urresti me ha mandado para que cuide la zona. Tú sabes, en estas fechas todos los delincuentes salen a las calles.
-Bueno –dijo Figallo mirándolo-. Todos no.

Publicado en la revista Velaverde N°93


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