lunes, 21 de septiembre de 2015

Una noche nacionalista


Caminaba pensando en la noche que me esperaba, o, al menos la que yo creía que me esperaba. Entonces la llamé solo para confirmar el encuentro, nuestro primer encuentro en realidad. La había conocido días antes en una librería mientras nos disputábamos el último ejemplar de un libro de Borges. Yo le cedí el libro por caballerosidad y porque la verdad recordé haber visto ese mismo libro a un precio más módico. Ella me agradeció el gesto y yo le agradecí la sonrisa.

-Pucha, sorry, no voy a poder salir ahora–me dijo cuando la llamé- . Tengo que ir a un evento y no la hago.
-Ah bueno –le dije-. No te preocupes. No hay problema.
-Pucha sí pues. A no ser que…
-¿Qué?
-A no ser que me acompañes. ¿Quién sabe? Quizá acabe temprano.



Llegué al cruce de las calles que me indicó en el centro de Lima. La verdad casi no voy al centro y estaba algo inquieto esperándola ahí.  Y, mientras lo hacía, vi bastante movimiento en la calle frente a mí. Había algunos buses, miembros de seguridad y hasta carros de la Policía. Entonces llegó ella. Nos saludamos y empezamos a caminar.

-¿Por aquí es tu evento? –le pregunté y, casi enseguida, adiviné lo que me iba decir.
-Claro, ese es – me dijo señalándome la calle que yo había estado viendo-. Bueno, en realidad el local del partido está a la vuelta.
-¿Del partido?
-Sí, claro, ¿no te dije que soy del partido, del partido nacionalista?
-No, no me dijiste –le dije de una forma que me puso en evidencia.
-¿Por qué? ¿Algún problema?
-No, para nada –le dije mirando sus ojos café, su cabello ondulado y su rostro de ensueño-. Al contrario. Yo también soy nacionalista.
-Ah mira tú. Qué coincidencia, ¿no?
-Sí pues –le dije y apenas lo hice ya me estaba arrepintiendo por la mentira.

Llegamos a la puerta del local. Bastante gente alrededor de la puerta, pugnando por ingresar. En la acera había varios vehículos de la prensa y algunos carros oficiales.

El vigilante la saludó. Ella le hizo un gesto, señalándome y nos dejó entrar. Pasamos un pequeño patio e ingresamos por un lado del local. Apenas entramos, Mónica empezó a saludarse con militantes y dirigentes. Nos detuvimos en una larga mesa donde se estaban acomodando afiches y posters.

-Hazme un favor, agrúpalos de 20 en 20. Los posters de 10 en 10.

Estuvimos así unos minutos, luego me dijo: “Después los vamos a repartir a los dirigentes de las bases”. Un momento. ¿Había dicho “vamos”? ¿Utilizo, acaso, la primera persona del plural? No, creo que había llegado el momento de decirle que no era tan nacionalista como le había dicho. Después de todo, teníamos química y eso no tenía nada que ver con la política, ¿o sí? Entonces, un bullicio mayor se escuchó y, segundos después, vimos a aparecer a la presidenta del partido.

-Ahí está Nadine –me dijo Mónica, apretando mi mano.

Y sí, en efecto, apareció la primera dama, radiante, repartiendo sonrisas a todos. Mónica me hizo pararme. Nadine se acercó primero a la mesa que estaba junto a la nuestra. Les dio la mano a los dos militantes que estaban encargados no sé de qué y luego se acercó hasta donde estábamos nosotros. Primero le dio la mano a Mónica.

-Soy una gran admiradora –le dijo.
-Gracias –dijo Nadine.

Luego me extendió la mano y yo -lo cortés no quita lo valiente- hice lo propio.

-Es valioso el esfuerzo que hacen por el partido –me dijo, sin dejar de sonreír.

Yo me quedé en silencio y, ante una situación tan absurda, una sonrisa casi se asoma en mi rostro, pero no fue así. Mientras tanto, le seguía sosteniendo la mano. En verdad no tenía  intenciones de decirle nada en verdad, pero Mónica me miró y sus ojos café me volvieron a nacionalizar.

-Gracias Nadine –le dije y solo entonces le solté la mano.

Heredia siguió luego por un pasadizo, sin dejar de saludar y sonreír, hasta llegar al pequeño auditorio donde la esperaban los principales dirigentes del partidos, gran número de militantes y, desde luego, las cámaras de los canales de televisión.

Pasaron unos minutos y nuestra labor ya estaba hecha. Afortunadamente, aparecieron otros militantes que insistieron en ser ellos quienes repartirían lo que habíamos acomodado. Entonces, ella y yo caminamos hasta el pequeño auditorio. Pensé que estaríamos mezclados entre los militantes, pero ella me llevó por otra puerta y nos pusimos dentro del grupo de élite de los nacionalistas. De pronto, estaba codo a codo con los congresistas Otárola, Gutiérrez y Gastañadui. Delante de ellos, delante de todos en realidad, estaba Nadine, dispuesta empezar a hablar a sus seguidores.

-Compañeros, compañeras, hermanos nacionalistas, ahora más que nunca es el momento de estar unidos –dijo Nadine-. Hay que revitalizar nuestro partido.

¿Partido? Pero si el nacionalismo no existe. Claro, eso pensé pero no creí necesario decírselo a Mónica. Ella me sonrió y yo a ella. Y cuando creí que me iba a decir algo de Nadine, me dijo, en medio la bulla y los vítores que ya empezaban: “¿Y adónde íbamos a ir hoy? Yo la miré, sorprendido, y cuando le iba a responder Gutiérrez empezó a gritar: ¡Nadine Presidente!, ¡Nadine Presidente! y pronto la frase se multiplicó entre los militantes y retumbó en el recinto.

-Ya tenemos un presidente –dijo Nadine-. Yo acompaño al presidente, pero yo no estoy por encima de él como le quieren hacer creer a la gente.

Pero si ella misma es la que se ha construido esa imagen, pensé. Entonces Mónica me miró y recordé lo que me había preguntado: “No sé. Pensaba que podríamos ir al cine o algo así”. Ella me dijo: “Ya pues. ¿Qué tal si cuando termine esto vamos a ver una pela en mi depa?”.

-Este gobierno nacionalista es un gobierno democrático y respetamos la independencia de los poderes del Estado. No nos metan en el mismo saco. Nosotros no manejamos los hilos del Poder Judicial.

¿Que respetan el Poder Judicial? Claro que sí, porque hasta ahora les han funcionado todos los bloqueos para que no los investiguen, pensé, pero luego pensé mejor, ¿qué me había dicho Mónica? ¿Su depa? Entonces le dije: “Ah ya pues” y le agregué, estúpidamente por cierto: “¿Y tus padres no te dirán nada?”. Ella sonrió y, en medio de los sonoros aplausos nacionalistas, me dijo: “No creo. No vivo con ellos. Vivo con una amiga, pero está de viaje”.  Y yo casi, casi, aplaudo también.

Cuando el evento por fin terminó, Mónica y yo nos tomamos un taxi rumbo a su departamento. En el camino, ella me empezó a hablar del evento, del partido, de su entusiasmo por Nadine. Entonces recibió una llamada de su amiga y le fue contando, feliz, los detalles del evento. Mientras tanto, dejé de ver sus ojos café y miré el cielo recortado por la ventanilla del taxi. Me pregunté entonces si estaba haciendo mal al engañarla, porque no solo yo no era nacionalista, sino que era de quienes pensaban que este gobierno tiene mucho que explicarle a la justicia. ¿Debía o no ser sincero con ella? ¿No podría ser sincero, digamos, al día siguiente? Era, en verdad, una pregunta retórica porque la respuesta la sabía muy bien: estaba éticamente jodido. Apenas terminó de hablar con su amiga, la miré.

-Mónica, no soy nacionalista –le dije, de golpe y sin anestesia.

Ella me miró, me sopesó y finalmente sonrió. La verdad es que lo tomó muy bien. Que de pronto se haya sentido indispuesta, que me haya pedido que, por favor, no la vuelva a llamar y que me haya obligado a bajarme del taxi fue, al parecer, pura coincidencia. ¿O no? De cualquier forma me quedaron dos buenas lecciones: la primera, no hay que mentir –o no hay que decir que uno ha mentido-, y, sobre todo, la segunda, no hay que pagar el taxi antes de tiempo.


Publicado en la revista Velaverde N°133


viernes, 18 de septiembre de 2015

Chuponeo S.A. (Abugattas-Mulder)



Daniel Abugattás: Aló, habla Daniel, ¿con Mauricio, por favor?
Mauricio Mulder: ¿Daniel? ¿No te da vergüenza llamarme?
DA: Un poco sí, aunque a peores personas he llamado.
MM: ¿Qué pasó en el Congreso? ¿Por qué me insultaste cuando empezó la sesión?
DA: Porque no te encontré antes. Igual tampoco es que te haya insultado tanto.
MM: Me llamaste perro.
DA: Ah bueno, eso sí, me excedí con la comparación. Llamaron a quejarse.
MM: ¿Te llamaron de mi bancada?
DA: No, de “Amigos de los Animales”.
MM: Y yo pensando que llamabas para pedirme disculpas.
DA: ¿Disculpas? ¿Qué es eso?
MM: ¿Y entonces para qué me llamas?
DA: Quería hacerte recordar que mañana va a ir a tu casa un adiestrador de animales.
MM: Entiendo, ¿le doy tu dirección?
DA: No, Mauricio, ese adiestrador te va a enseñar a respetar cuando los demás hablan. Eso sí le vas a pagar de tu bolsillo.
MM: Te estás pasando de la raya Daniel.
DA: Está bien, la primera clase la pago yo, pero no te acostumbres.
MM: Sabes qué Daniel, no tengo tiempo para estupideces.
DA: Yo sí, te escucho.
MM: ¿Qué te pasa, Daniel? ¿Por qué estás tan nervioso? ¿Por lo que pueda decir Belaúnde Lossio? ¿Por las cuentas de llán? ¿Por las agendas de Nadine? ¿O simplemente se te acabaron las pastillas?
DA: A ver Mauricio, paremos la mano. Tienes razón, quizá me excedí. Tú sabes que a veces hablo sin pensar.
MM: Sí pues, cuando estás despierto.
DA: Bueno, bueno, ¿qué dices? ¿Te parece si empezamos de nuevo?
MM: Está bien.
DA: Aló, habla Daniel, ¿con Mauricio, por favor?

Publicado en "El Otorongo" (Peru21-18.09.2015)

jueves, 17 de septiembre de 2015

El comandante y la comunicadora

Érase una vez un comandante del Ejército. 
                                               
Érase una vez una comunicadora social.

Érase una vez un comandante y una comunicadora que se casaron y formaron un hogar. Él se esforzaba lo más posible por avanzar en el Ejército; ella por avanzar.




Érase una vez un comandante que decidió levantarse en Locumba contra el gobierno de Fujimori, el mismo día, causalidades de la vida, en el que el asesor Montesinos se embarcaba en sinuosa y oportuna fuga marina.

Érase una vez un comandante que tenía un díscolo e impredecible hermano. Este hermano, que también era militar, atacó a una comisaría pidiendo la renuncia del entonces presidente Toledo. El comandante había sido quien preparó el ataque, aun cuando, detalle menor, en ese momento se  desempeñaba como agregado militar del gobierno del propio Toledo. Cuando la asonada fracasó, el comandante no tuvo inconveniente en negar su participación  y, por el contrario, condenar lo ocurrido.

Érase una vez un comandante y una comunicadora que formaron un partido al que llamaron nacionalista. Henchidos de nacionalismo recibieron la contribución de un conocido gobernante extranjero. Este ilustre hijo de Bolívar les enviaba  miles de dólares para fortalecer el partido y para los gastos de la campaña electoral. La comunicadora le comunicó a su esposo, el comandante,  que primero había que fortalecer el patrimonio de la familia, de la familia de ella.

Érase una vez unas elecciones en las que, en la primera vuelta, un comandante prometió a los más necesitados que haría la revolución si llegaba al poder. En la segunda vuelta, el comandante aseguró al gran público que ya no haría la revolución, pero al mismo tiempo le decía a sus primeros votantes que la revolución iba de todas formas.

Érase una vez un comandante del Ejército que llegó a ser Presidente de la República. Cuando estuvo en campaña, había criticado con dureza los delitos cometidos por Montesinos, al mismo tiempo que uno de sus principales ayudantes era un militar montesinista. Ya instalado en Palacio de Gobierno,  le pareció conveniente para el país nombrarlo asesor presidencial.

Érase una vez en un presidente que había sido comandante.  En campaña, el mandatario había dicho que lucharía contra el narcotráfico. Repitió el discurso por calles y plazas, sin importarle haber llevado al Congreso a al menos una persona relacionada con el tema. Tampoco tuvo reparo alguno en contratar como abogado al defensor de una familia vinculada al narcotráfico. Siendo presidente, consideró imprescindible que tan ilustre personaje se convierta en su asesor jurídico.

Érase una vez una comunicadora que era la esposa de un presidente. La comunicadora había entendido que si la campaña la había hecho junto con su esposo, el gobierno debía tener el mismo tenor. Primero se convenció de ello a sí misma, después al presidente y luego a los demás. Así pues, desde los albores del gobierno, la esposa el presidente cogobernaba. Ante cualquier asomo de crítica a su injerencia, la comunicadora zanjaba el tema asegurando que ella no era quien gobernaba en Palacio y, eso mismo, ya era una orden.

Érase una vez una comunicadora que también era presidenta de un partido llamado nacionalista. La dirigente política criticaba duramente a sus oponentes, con justa razón. Les decía que no debían esconderse tras una serie de enredaderas legales solo para no afrontar la justicia. Eso se llama impunidad decía la mujer, levantando la voz y alzando el brazo.

Érase una vez que esta misma comunicadora y esposa del presidente obtuvo tarjetas milagrosas y perdió agendas imperdibles y, debido a ello, protagonizó sin querer varios informes periodísticos. Y, entonces, cuando los indicios se multiplicaban y las denuncias arreciaban, esta misma mujer,  otrora combatiente incansable de la corrupción, decidió utilizar todas las argucias legales posibles solo para no afrontar la justicia. Pero entonces eso ya no se llamaba impunidad sino derecho a la defensa.

Érase una vez un comandante y una comunicadora que soñaron con cambiar al Perú y su economía, y, lamentablemente, lo consiguieron.



Publicado en la revista Velaverde Nº132

lunes, 14 de septiembre de 2015

Chuponeo S.A. (Alan - Jorge)




Jorge Del Castillo: Aló, Alan, ¿estás bien?

Alan García Pérez: Sí claro, Jorge, ¿por qué preguntas?

JDC: Por lo que ha dicho Pastor de ti.

AGP: ¿Y qué tiene que decir el pastor Lay de mí?

JDC: No, Alan, me refiero a Aurelio.

AGP: Ah no, no sé nada. ¿Qué dijo? ¿La verdad?

JDC: Sí, y en pleno juicio. ¿Puedes creerlo?

AGP: Qué decepción.  Si parecía tan deshonesto. ¿Y qué dijo de mí?

JDC: Que corregiste de puño y letra los narcoindultos.

AGP: Vaya, y yo siempre dije que casi los firmaba sin ver. ¿Y ahora qué les digo a los periodistas?

JDC: Por eso no te preocupes. Yo ya les dije que la verdad era tu letra.

AGP: ¿Qué has dicho?

JDC: Que la verdad era tu letra. Ya sabes, igual que Nadine. Para confundirlos a todos.

AGP: ¿Y resultó?

JDC: Yo creo que sí. Todos creen que te he echado. Los tontos no saben que te estoy ayudando.

AGP: Gracias Jorge. Felizmente que tengo mis contactos en el Poder Judicial. Ahora dime, ¿cómo vamos con la campaña presidencial?

JDC: Estamos definiendo nuestro lema.

AGP: Mira Jorge, debe ser un lema que hable de nuestra mayor fortaleza.

JDC: ¿La corrupción?

AGP: No.

JDC: ¿La impunidad?

AGP: No, tampoco. Tiene que ser un lema que hable del crecimiento económico que tuvimos en el segundo gobierno. Que se entienda que no perderemos nuestro norte.

JDC: Alan, pero el norte ya lo perdimos con Acuña.

AGP: Jorge, te hablo de nuestro objetivo final porque, eso sí, si vuelvo a la presidencia nuestra economía volverá a florecer.

JDC: Qué bueno Alan, pero que nadie se entere.   


Publicado en "El Otorongo" (Peru21-11.09.2015)                                                                                                                                                      




martes, 8 de septiembre de 2015

Roma, Gutiérrez y la quinta agenda

Llegué a Italia a las 10 de la mañana. Apenas tuve tiempo de darme una ducha y hospedarme, aunque no necesariamente en ese orden; luego me dirigí al lugar acordado: el gran parque romano de Villa Borghese. A la hora exacta, vi como de entre la gente que paseaba surgió la figura del hombre de las agendas: Alvaro Gutiérrez.

Me acerqué a él, me presenté y nos sentamos al borde de una de la piletas del lugar. Antes de siquiera decir algo, Gutiérrez sonrió.

-¿Pasa algo? –le pregunté.
-Me sorprende que hayas venido hasta aquí. Te dije que en dos días más estaré en Lima. Esta reunión podríamos haberla tenido allá..
-Tenía que venir a hablar con usted en persona.
-Entiendo –dijo borrando la sonrisa del rostro-. Por rigurosidad periodística.
-No, por los viáticos.



Gutiérrez pestañó y se reacomodó el saco.

-Bueno –me dijo- como te dije, tengo más agendas para mostrar.
-¿Y por qué no se las mostró a los demás medios?
-La verdad es que los grandes medios me han decepcionado un poco. Algunos no me han tratado bien. Por eso quería difundirlas a través de una revista como donde escribes, pero sobre todo quería darle notoriedad a un periodista joven y valioso.
-Ah, vaya gracias.
-Sí pues, pero no pude contactarlo, así que te llame a tí.

Casi sin darme, cuenta empecé a mover mi pierna izquierda.

-Bueno, señor Gutiérrez, ¿qué agendas me tiene?
-Todas son de la época de la campaña del 2011. Tengo la de Siomi Lerner, de Omar Chehade y hasta la de Carlos Tapia.
-¿Y se mencionan gestiones de dinero?
-Solo en las de Siomi, pero muy poco en realidad.
-¿Muy poco dinero?
-No, bastante dinero, pero muy pocas hojas sobre eso.
-Bueno, de Lerner se sabe que es un empresario exitoso.

Gutiérrez se alzó de hombros y luego se inclinó hacia mí.

-A decir verdad, por lo que he visto son cuentas de su casa nada más.        
-¿Y de Nadine? ¿No tiene otra agenda? Por ahí se dice que hay una quinta agenda que es demoledora.
-¿Que es de quién?
-Que es demoledora, quiero decir, que tiene información muy valiosa.

El ex congresista me miró, me sopesó. Hizo una mueca extraña y, por primera vez, miró a la gente que caminaba a nuestro alrededor. Luego volteó a verme otra vez.

-La quinta es la definitiva -dijo.
-¿La de quién?
-La definitiva –dijo alzando la voz de pronto-. Con esa nos bajamos al presidente.
-¿Quiere decir a Nadine?
-A los dos, con esa agenda nos bajamos al gobierno completo.

De repente, mi respiración se aceleró. Era la ansiedad. Suele ocurrirme cuando estoy cerca de obtener una primicia o de entrar a Mistura.

-¿Y entonces? ¿Tiene la quinta agenda? ¿Esa es la que me va a dar?

Gutiérrez volvió a mirar a la gente que, distraída, atravesaba el gran parque.

-No, pero tengo algo mejor que esa.
-¿Qué puede ser mejor?
-Tengo 3 agendas de Humala.
-Ya pues, ¿a quién le interesa las agendas de Humala?
-Pero son del actual presidente.
-Sí, ya sé quién es, pero qué puede haber ahí. ¿Cómo gastaba los 800 mensuales que Nadine le daba para el mes?
-Bueno, sabemos que la familia Heredia era la que manejaba el dinero, pero de todas formas son interesantes las reuniones y comentarios de Humala.
-Está bien –le dije, después de todo algo se podría hacer con esas agendas-. Pero usted mismo lo ha dicho, aquí lo principal es la quinta agenda.
-Yo estoy dispuesto a darte las agendas de Lerner, Chehade, Tapia y hasta las de Humala.
-Yo solo quiero la de Nadine.
-No vamos a llegar a ningún acuerdo. La agenda de Nadine está fuera de discusión.

Instintivamente apreté los puños y pestañeé varias veces. Era la molestia. Suele ocurrirme cuando una primicia se empieza a esfumar o cuando la cola en Mistura es muy larga.

-Pero no entiendo. Si no hay forma que me dé la agenda, ¿para qué me la menciona?
-Por seguridad. Nadine sabe que si he tenido esas agendas, también tengo la quinta, la principal.
-¿Y qué tengo que ver yo con su seguridad?
-Si me pasa algo ya sabes quién y por qué me puede hacer daño.

Moví mi cabeza hacia los lados.

-No puede ser. ¿Entonces solo me está utilizando?
-Ni más, ni menos que la prensa hace conmigo. Además, te estoy ofreciendo las otras agendas. ¿O no las quieres?
-Sí, algo tengo que llevar a Lima. Pero dime, ¿no me darás al menos algún dato que aparezca en la agenda de Nadine?
-Está bien –me dijo-. Pero no puedes citarme.
-Pero sabe que todos van a pensar que fue usted quien…
-No me importa lo que piensen. Tú solo no me cites.
-De acuerdo.

El ex amigo de los Humala dio una rápida mirada a nuestro entorno. De pronto, su rostro se agravó y su vista se detuvo en un hombre situado a varios metros de nosotros.

-Carajo, me han visto. Nos han visto.
-¿Quién?
-Olvídalo, olvídate –dijo y se puso de pie-. Aquí no pasó nada.

Luego se fue raudo en la dirección opuesta de dónde venía el hombre misterioso. Yo me quedé quieto. El hombre pasó junto a mí y siguió camino por donde Gutiérrez se había marchado. ¿Qué había pasado? ¿Era cierto ese hombre nos vigilaba o Gutiérrez se arrepintió de pronto? Cuando reaccioné y quise seguirlo ya lo había perdió de vista, a los dos.

De regreso al hotel, me eché en la cama y traté de entender lo que acababa de suceder. Lo peor era que me iba a regresar sin nada (bueno, los jaboncitos y la pequeña Biblia de la mesita de noche no cuentan). Todo lo que había luchado para que la revista me pueda enviar y ahora volvía sin nada. Bueno, nada, excepto este texto y lo que me quedaron de los viáticos. Algo es algo.


Publicado en la revista Velaverde N°131

viernes, 4 de septiembre de 2015

Chuponeo S.A. (Humala-Roy Gates)



Eduardo Roy Gates: Aló señor presidente, ¿me había llamado?

Ollanta Humala: Sí, Eduardo, estoy preocupado y quiero saber tu opinión sincera. ¿Cómo crees que nos va a ir?         
            
ERG: Yo creo que bien, señor presidente.

OH: Qué bueno.

ERG: El tigre Gareca ha dicho que el equipo está confiado. Así que creo que hoy le ganamos a  Estados Unidos.

OH: ¿De qué hablas? No te hablo de fútbol, sino de la comisión de Belaúnde Lossio.

ERG: ¿Ah sí? ¿Le seguimos pagando comisión a Belaúnde Lossio?

OH: Escúchame Eduardo. Te hablo de la comisión del Congreso. ¿Qué me dices de Pérez Tello?

ERG: Bueno, ella ha recomendado que se investigue a Nadine.

OH: Sí, por venganza política.

ERG: ¿Qué no era por lavado de activos?

OH: Pero cómo se atreve esta mujer a hacer algo así.

ERG: No sé señor presidente, no soy quien para juzgar a la primera dama.

OH: Te estoy hablando de Pérez Tello. Pero a ver, Eduardo, dime con sinceridad, ¿debo preocuparme por las investigaciones que se nos vienen?

ERG: Eso depende.   
     
OH: ¿De qué?

ERG: ¿Usted tiene claustrofobia?

OH: No sé, tiempo que no me sacan sangre. ¿Por qué preguntas?

ERG: No importa, señor presidente. Quizá esto no llegué a nada.

OH: Es que no entiendo qué tanto busca Pérez Tello.

ERG: Dice que la verdad.                                                                                                                          
OH: Nos fregamos entonces.

ERG: Tranquilo señor presidente. Hay que mantener la entereza. Acuérdese que el informe de Pérez Tello es solo una recomendación al Poder Judicial.

OH: ¿Y si el Poder Judicial lo acoge?

ERG: Nos fregamos entonces.


Publicado en El Otorongo (Peru21-04.09.2015)

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Maduro: el fronterizo

En Palacio de Miraflores, Nicolás Maduro se encontraba de pie, mirando el retrato de Hugo Chávez.

-Dime Hugo, ¿tú te has puesto bravo conmigo? Si no es así, ¿qué pasa chico con tu pajarito que no se me ha vuelto a aparecer? Desde entonces estoy gobernando este país solo, sin el consejo de nadie. Y Hugo, tú sabes que esto no es nada fácil. ¿Por qué no me hablas directamente tú Hugo?



En ese momento, el edecán de Maduro ingresó sigilosamente y se detuvo detrás de él.

-Señor presidente –dijo el edecán.

Maduro frunció el ceño y luego dibujó una enorme sonrisa en su rostro.

-Hugo, ¡me has hablado!, te decidiste a hablarme. Si no lo has hecho por mí, no importa, seguro lo has hecho por nuestra patria, la patria que Bolívar soñó. Al diablo, el pajarito, que se vaya al carajo el pajarito, ahora tú y yo vamos a hablar cara a cara. Cónchale.
-¿Señor  presidente? –repitió el edecán.
-Pero cómo me vas a decir mi presidente, Hugo, qué ocurrencias tienes –dijo mientras seguía mirando el retrato- Tú dime cómo te venga en gana, aunque eso sí, igual no te olvides ahora el presidente soy yo.

El edecán le dio un par de golpes a la puerta. Entonces recién Maduro volteó a verlo.

-Pero chico, qué tú vienes a interrumpirme cuando estoy hablando con nuestro comandante Chávez.
-Afuera está Diosdado Cabello. Dice que es urgente.
-Vale, dile que pase –luego miró a Chávez-. Me vas a disculpar Hugo, ya después vamos a conversar con tranquilidad.

Maduro se alejó del cuadro y se sentó en la gran silla que está detrás de su escritorio. Desde ahí contempló la puerta semiabierta. Entonces, apareció Cabello y, luego de la venia de Maduro, se sentó frente a él.

-Vengo a darle las últimas noticias.
-¿Cómo que las últimas? ¿Ya no habrá más?

Cabello sonrió apenas y luego volvió quedar serio.

-No, señor presidente. Claro que habrá más noticias. Mire, sobre Colombia.
-¿Ya cerraron la frontera?
-Sí, claro.
-¿Toda la frontera?
-No, toda no.
-¿Y por qué no?
-Solo hemos cerrado una parte.
-Cabello, ¿has escuchado lo que Santos ha dicho de mí? Dice que no puedo hacer lo que estoy haciendo. Cónchale, pero yo puedo hacer eso y más. Así que ahora me cierran toda la frontera.
-Pero señor presidente, la frontera con Colombia tiene más de dos mil kilómetros.
-¿Y?
-No sé si nos alcancen los efectivos.
-Cónchale Cabello. ¿Qué tú me estás diciendo? ¿Están cerrando la frontera con efectivos? ¿Los ponen uno al lado del otro?
-No, señor presidente. Lo que hacen es resguardar para que no entren colombianos.
-Bueno, igual no sé cómo haces pero me cierras toda la frontera.
-Delo por hecho, señor presidente.
-¿Qué otra noticia me tiene?
-Ya está en Caracas nuestro embajador en Colombia.
-¿Está en Caracas o en Colombia?
-Aquí, en Caracas.
-Es que nunca me habla claro. A ver tú dime ¿por qué nuestro embajador está acá?
-Pero usted dijo que había que llamarlo en consulta.
-Lo que yo dije era que quería hacerle una consulta. Cónchale, ¿ahora qué dirán los colombianos?
-Han hecho lo mismo.
-Qué carajo –exclamó Maduro- también han llamado a nuestro embajador.
-No, presidente, al de ellos.
-Bueno, bueno, que Santos haga lo que quiera. ¿Algo más?
-Salió el reporte latinoamericano sobre democracia, libertad de expresión y transparencia. Y la verdad es que estamos muy mal comparado a lo demás países.
-No exagere Cabello. Siempre se puede estar peor.
-No, no se puede. Estamos últimos en el ranking.
-Olvídese Cabello, a la gente no le importa esas cosas tan abstractas. Además, recuerde que nuestros economistas han dicho que hemos avanzado en el tema de la inflación.
-Es que este mes ha crecido en 200%.
-Ya ve Cabello, hemos crecido. Aunque la oposición dice lo contrario, nuestra economía sigue boyante.
-Es que ellos se refieren a la economía del país, no a la de su familia.
-Ah bueno, solo que sea por eso.
Cabello se puso de pie y, tras despedirse, se retiró. Apenas la puerta se cerró, Maduro se levantó  y caminó hasta detenerse otra vez frente al cuadro de Chávez.

-¿Y Hugo? ¿Qué opinas? ¿Crees que exageré con lo de la frontera? Mmm, yo creo que no. Ese Santos va a saber con quién se está metiendo. Eso mismo hubiera hecho Bolívar, ¿no? ¿Hugo? ¿Cómo? ¿Otra vez me vas a dejar de hablar? Entiendo, entiendo, vamos a volver con el pajarito.  Cónchale, vale.


Publicado en la revista Velaverde N°130