viernes, 21 de agosto de 2015

Chuponeo S.A. (Humala-Carrillo)



Ollanta Humala: Aló Hugo, te habla el presidente.

Hugo Carrillo: Señor presidente, es una verdadera sorpresa. Estoy impresionado.

OH: ¿Tanto te sorprende mi llamada?

HC: No, me sorprende que sepa mi nombre.
                                                                                                             
OH: Vamos, no exageres, ahora tú eres el vocero del nacionalismo.

HC: Sí, pero igual todavía hay mucha gente que no sabe quién soy. El otro día en el Congreso tuve que mostrar mis credenciales para que me dejen entrar.

OH: ¿No te querían dejar entrar al Congreso?

HC: No, a mi despacho.

OH: Bueno, Hugo, eso se resolverá con el tiempo. Vas a ver que en un año todo va a cambiar.

HC: Gracias señor presidente. Pero dígame, ¿a qué debo su llamada?

OH: Estoy muy preocupado por las agendas de Nadine.

HC: ¿Se les acabaron las hojas?

OH: Pero qué dices. Te hablo de la denuncia de las agendas que dicen que son de Nadine.

HC: ¿Y qué dice Nadine?

OH: Ahí, está bien, gracias.

HC: Pero ¿qué dice de la denuncia?

OH: Está indignada. Por eso te llamaba Hugo. Hay que decir que el Apra está detrás de la denuncia contra Nadine. Que quiere desestabilizar al gobierno.

HC: ¿Quién? ¿Nadine?

OH: No, el Apra. Que está claro que haría cualquier cosa por el poder.

HC: ¿El Apra?

OH: No, Nadine…perdón, sí, sí, el Apra. Ya me estás confundiendo.

HC: Con todo respeto, señor presidente, ¿no sería mejor que Nadine se haga una prueba grafotécnica y se sepa la verdad?

OH: Imposible, Nadine no quiere pasar por eso.

HC: ¿Tanto le molesta la prueba?

OH: No, la verdad. 


Publicado en "El Otorongo" (Peru21-21.08.2015)

miércoles, 19 de agosto de 2015

Toledo en la ventana

Siempre me ha gustado viajar en avión. Desde niño me acostumbré a toda esa parafernalia de los viajes aéreos: el arranque del avión, el momento que sientes el despegue, el capitán hablando por los altoparlantes, las pequeñas sacudidas y las bolsas de aire, la comida reducida y por lo general insípida y ese momento en el que las aeromozas nos indican, lindas y felices de la vida, dónde están las puertas en casos de emergencia.

En esta ocasión viajaba a Estados Unidos y estaba especialmente entusiasmado. Me esperaban dos semanas de alegría en la casa de mi hermana y en compañía de mis dos pequeños sobrinos Fabrizio y Kamilah. La diversión, y la regresión infantil, estaban garantizadas.



Así, complacido, entré al avión y ubiqué mi asiento. Me acomodé y revisé mi maleta de mano donde me cercioré que estaba mi laptop. Me había propuesto escribir la columna para la revista mientras surcaba los aires. Sin embargo, mis planes cambiaron súbitamente. Lo vi desde que ingresó al avión y la mayoría de los pasajeros murmuraban y volteaban a verlo. Uno de ellos se atrevió a gritarle: Vamos Toledo, soy tu hincha. El hombre de Cabana apenas si esbozó una sonrisa y siguió buscando su asiento hasta que se paró junto a mí. Me señaló la ventana y por un momento quedé sorprendido. Luego recogí mis piernas y Toledo pasó hasta sentarse junto a mí.

Varias preguntas pasaron: ¿Viene solo? ¿Y su comitiva? ¿No viaja en primera clase? ¿Pedirá algo para beber o su vocación etílica es solo una leyenda urbana?

No dije nada hasta que el avión emprendió el vuelo y nos pudimos desabrochar los cinturones de seguridad.

-Señor Toledo, un gusto –le dije, estrechándole la mano.
-Gracias, gracias.
-Soy un simpatizante.
-Vaya, qué bueno. Te agradezco.

Luego de decir eso Toledo se reacomodó en el asiento y cerró los ojos. Yo quería precisarle que tampoco había sido hincha, que en realidad yo había sido su simpatizante, pero ahora ya no.

 En fin, me sentí medio torpe.

-Señor Toledo.

Toledo abrió los ojos y me miró.

-Dígame.
-Mire, la verdad es que yo ya no soy simpatizante de usted.
-Caramba, sus simpatías no duran mucho.
-No, no es eso. Lo que pasa es que no me expliqué bien. Yo he sido simpatizante de usted. Y cómo no serlo si usted lideró la lucha contra la dictadura de  Fujimori.
-Vaya, alguien se acuerda de eso.
-Claro que me acuerdo y la gente también, pero, la verdad es que después de lo de Ecoteva ya todo cambió.

Toledo inclinó su rostro y me miró sin molestia.

-Pareces un buen muchacho. Déjame decirte algo. Yo le tengo profundo respeto y cariño a mi país. Yo he sido pobre extremo, yo he vendido tamales y lustrado zapatos. ¿Tú crees que voy a ser capaz de robarle el dinero a los pobres del Perú?
-Con todo respeto señor Toledo, yo solo le digo lo que la gente piensa.
-La prensa le ha hecho pensar eso a la gente.
-No, señor Toledo, usted se enredó en explicaciones.
-¿Sabes de dónde es el dinero de Ecoteva?
-No, no sé.
-Es dinero de mi campaña. Es plata que no llegamos a usar, pero no es plata del país ni del Estado.
-¿Entonces lo de Ecoteva es dinero suyo?
-Sí, pero no es del Estado. Y mira que te lo digo no sé por qué. Creo que me has inspirado confianza.
-Sí, eso me dicen con frecuencia.
-Escúchame, yo nunca le robaría a mi país. ¿Tú crees que voy a luchar contra Montesinos y Fujimori para hacer lo mismo?
-¿Pero igual eso no es ilegal?
-Y la prensa tiene la caradura de ponerme en el mismo saco de Alán, cuando sabe bien que no me va a quedar. A Alan debería investigarlo, pero de verdad. Ese sí se ha enriquecido en el poder y siempre sale bien librado.
-Bueno, Alan tiene amigos en el Poder Judicial.
-¿Amigos? Lo que tiene son compañeros apristas, gente que siempre lo ha protegido. En cambio yo, ¿qué he hecho? Me quedé con dinero de mi campaña. ¿Y? ¿Qué tan grave es eso?
-Lo mismo puede decir Humala entonces.
-No es lo mismo. El dinero que le dieron era chavista, era extranjero y eso está prohibido.
-Pero hasta donde sé eso es ilegal. Usted tampoco puede quedarse con dinero de su campaña. 
-Todos lo hacen. No seas ingenuo. Otra cosa es robarle a tu país como seguro ha hecho Alán. Y ni qué decir de Montesinos y Fujimori.
-Parece que todos los candidatos tienen algo por ahí.
-¿Ves? Eso es lo que quieren. Que al final digas que todos son lo mismo.
-Puede ser. 
-Bueno, muchacho, me disculpas pero estoy muy cansado. Voy a descansar.
-Siga nomás, señor Toledo.

Entonces saqué la laptop de mi maleta y la acomodé para empezar a escribir. Sin duda, ya sabía de qué iba a escribir.

-Oiga, ¿va a escribir?
-Sí, pero no se preocupe. Estas teclas no hacen bulla.
-¿Es usted escritor?
-Trato.
-Pero de qué va a escribir.
-Adivine.
-Oiga, ¿qué es usted? ¿Periodista?
-Solo soy un columnista.
-Si escribe lo que le dije nadie le va a creer.
-Lo sé, señor Toledo. Cuento con eso.


Publicado en la revista Velaverde Nº128

viernes, 14 de agosto de 2015

Chuponeo (Alan - Toledo)



Alejandro Toledo: Aló Alan, te habla Alejandro.

Alan García: Caramba, qué sorpresa. No me esperaba tu llamada.

AT: Yo tampoco.

AG: Dime, ¿para qué soy bueno? No, mejor no me lo digas.

AT: Mira Alán, yo sé que en el pasado hemos tenido nuestras pequeñas diferencias.

AG: ¿Pequeñas diferencias? Vamos Alejandro, tú has querido verme muerto.

AT: Mentira Alan, yo no he querido verte. Y por último son cosas que debemos dejar atrás. Después de todo en el fondo siempre hemos buscado lo mismo.

AG: ¿Hacernos ricos?

AT: No.

AG: ¿Quedar impunes?

AT: No, tampoco. Me refiero a que los dos hemos buscado el bienestar de nuestro pueblo.

AG: ¿Pueblo? ¿Bienestar? ¿Me estás grabando?

AT: Claro que no. Escúchame,  si te llamo ahora es porque llegó el momento de unirnos. No podemos dejar que extranjeros vengan a atacarnos.

AG: ¿Y ahora qué ha dicho PPK?

AT: No, Alan, te hablo del caso de corrupción que ha estallado en Brasil. ¿No ves que  la investigación llega hasta nuestros gobiernos?

AG: Ya pues Alejandro, pareces nuevo. No me va a pasar nada.

AT: Lo sé. A ti nunca te pasa nada. Por eso se me ocurrió que podríamos unir nuestras defensas. Quizá hacer una declaración en conjunto.

AG: Ah ya, tú quieres aprovecharte de mi buena estrella en el Poder Judicial. Lo siento, pero no gracias.

AT: Vamos Alán. Yo solo quiero que nada estorbe mi camino a Palacio.

AG: ¿A Palacio de Justicia? No te preocupes. Vas por buen camino.

AT: ¿Sabes qué? Ya no puedo hablar contigo.

AG: Vamos Alejandro, fue una broma.

AT: Lo siento, pero tengo que colgar.

AG: Caramba, se te acaba rápido la paciencia.

AT: No, el saldo.


Publicado en "El Otorongo" (Peru21-14.08.15)

miércoles, 12 de agosto de 2015

La carta de Eleodoro Mosquera

El autor de esta columna ha cedido su espacio esta semana para hacer pública la carta de uno de nuestros lectores. Lamentablemente, y pese a los esfuerzos de la revista "Velaverde", todo indica que la próxima semana el autor volverá con su columna habitual.

Soy Eleodoro Mosquera. Podrían llamarme Juan, pero no tendría sentido. En cambio, más sensato sería si me llaman Don Eleodoro; aunque lo mejor sería que simplemente no me llamen. Aunque quizá sí. Les explico. La verdad nunca he sido muy extrovertido, pero de pronto, hoy me he despertado con ganas de decir cosas, pero cosas de importancia, cosas que pueden salvar a mi país. Quizá interese decirles que tengo más de 80 años y que he vivido lo suficiente como para darles consejos a las nuevas generaciones, al futuro del país, es decir, a los pulpines.

Quizá, para principiar, convenga contarles algo sobre mi vida. Aquí donde me ven, o donde me leen, debo decirles que nací siendo muy joven, al menos eso dicen mis padres. Quiero decirles también que desde muy joven aprendí a querer a mi país y por eso hoy me decidí a escribirles en esta vieja máquina de escribir, así que sabrán disculpar si encuentran algún error tipo tipográfico.

Miren jóvenes y no tan jóvenes, no se dejen engañar por los partidos políticos, no ven que siempre toman partido por sus políticos. Les cuento, he visto pasar ante mis ojos a gran cantidad de gobernantes y les puedo decir que la inmensa mayoría de ellos han sido corruptos e ineptos, algunos más corruptos que ineptos, y algunos ineptos para todo menos para la corrupción. No quiero parecer pesimista, pero alguien dijo alguna vez eso de que un pesimista es un optimista bien informado. Y, según me han informado, tenía razón.
Ahora que la campaña electoral está por empezar me gustaría contarles de todos los candidatos, de todos, pero no hay tiempo ni espacio para eso, pero algo podremos hacer, siempre y cuando el autor de esta columna me vuelva a ceder su espacio (en realidad me lo alquiló, pero eso no debo decirlo) y, por supuesto, siempre que mi vieja pero fiel máquina de escribir y yo sigamos funcionando.

Pero por algún lugar habrá que empezar y voy a empezar por la candidatura que hace meses figura en el primer lugar de las encuestas: la señora Keiko Fujimori.



Les cuento. Por razones laborales que no vienen a cuento, conocí a la señora Susana Higushi un par de años antes que el país entero conociera a su esposo, Alberto Fujimori. Un día la entonces primera dama me invitó un café y me contó que se había dado cuenta que sus cuñadas estaban vendiendo la ropa que había sido donada a los niños pobres. “No sabes el negocio que están haciendo”, me dijo en confidencia. “¿Qué opinas?”, me consultó. “No sé”, le dije. “Tendría que saber primero qué tallas tienen. Mis hijos ya están grandes”. “No”, me dijo. “Lo que no sé es si debo o no denunciarlo”. “Claro que sí”, le dije. Días después, la noticia causó gran revuelo en el ambiente político, pero las investigaciones no duraron mucho porque semanas después Fujimori dio el autogolpe de Estado y cerró el Congreso. Ese mismo día en la mañana hablé con Susana por teléfono. “Van a cerrar el Congreso”, me dijo. “¿Todo para defender a su familia?”, le pregunté. “No, lo van a cerrar para cambiar las leyes y que el SIN y Montesinos tengan todo el control del Estado”.

Días después el paradero de  Susana se hizo desconocido para la prensa. Luego se conoció que Fujimori había recluido durante un tiempo a Susana en los calabozos del SIE y ahí fue torturada durante un tiempo. Tiempo después le pregunté: “¿Y Keiko?” “Mejor no te cuento”, me dijo. “Ella ya era mayor de edad y sabía lo que me hicieron, pero prefirió todo lo que le daba su padre”.

Este conflicto madre-hija es un tema delicado, aunque las torturas a Susana están documentadas. Si me preguntan a mí, que he visto en mi vida tantas cosas, creo que Keiko debió ser más leal con su madre, pero esa es mi opinión.

Ya vi que me fui por las ramas. El punto que quería tocar de Keiko y del fujimorismo es que, aún hoy, siguen defendiendo el autogolpe del 5 de abril. Yo he trabajado junto a la comisión investigadora que se formó en el Congreso y les puedo asegurar que el cierre del Congreso fue solo para empoderar a Montesinos con la anuencia de Fujimori. Pero los fujimoristas no son capaces de hacer un deslinde claro, y no lo hacen porque siguen pensando igual, siguen teniendo la misma entraña autoritaria.

Podría hablar más sobre Keiko y muchísimo más sobre los demás candidatos, pero ya se me acabó el espacio. Además ya es tarde, mi máquina hace mucha bulla y mis vecinos se pueden despertar. Pensándolo bien, tengo más de 80 años y si quiero voy a seguir tecleando un rato más. Y si se despiertan, mala suerte. Después de todo, creo que son fujimoristas.


Publicado en la revista "Velaverde" Nº127

viernes, 7 de agosto de 2015

Chuponeo S.A. (Carrillo - Humala)


Hugo Carrillo: Aló, ¿señor presidente? Soy Hugo Carrillo.

Ollanta Humala: ¿Te conozco?

HC: Pero claro señor presidente, soy  el nuevo vocero de la bancada nacionalista.

OH: Ah bueno, pensé que ya no teníamos.

HC: ¿Vocero?

OH: No, bancada. No ves que nos están abandonando. El mes pasado se fue Celia Anicama.

HC: Sí, pues. La robacable.

OH: Fue un golpe duro para el partido. ¿Te imaginas? ¿Qué señal nos dejó su renuncia?

HC: Ninguna. Ni Cable Mágico, ni Claro ni nada. Con decirle que en el local del partido solo se ve el canal de Belmont.

OH: También se fue Wilder Ruiz.

HC: Y no puedo entender sus razones.

OH: ¿Y cuáles son?

HC: No sé, por eso no las puedo entender.

OH: ¿Tú crees que se haya ido por un cálculo político?

HC: No creo, nunca fue muy bueno con los números. Eso sí, parece que no será el único. Dicen que otros también van a renunciar.

OH: Por Dios. ¿Más congresistas?

HC: No, al contrario. Menos congresistas.

OH: Pero no entiendo. ¿Por qué me abandonan? Si siempre los he tratado como si fueran mis iguales. Hasta casi casi les tenía respeto. 

HC: No se preocupe señor presidente. Esas cosas pasan. Mire, por qué no aprovechamos que todos siguen reunidos aquí en el Congreso. ¿No quiere darles algún mensaje?

OH: Mmm, no sé. Habría que ofrecerles algo, ¿no crees?

HC: Bueno, yo ya les ofrecí algunos bocaditos.

OH: No, me refiero a ofrecerles algo para que no renuncien a la bancada. Mira, quizá podamos…

HC: Perdone que lo interrumpe señor presidente, pero debo volver de urgencia a la reunión.

OH: Entiendo, llegó el momento de la decisión final.

HC: No, llegó el momento del “selfie”.


Publicado en "El Otorongo" (Peru21 - 07.08.15)

lunes, 3 de agosto de 2015

Ollanta, Gamarra y la gran transformación

En la oscuridad de la habitación, la primera dama dormía plácidamente cuando, de pronto, un ruido, como un estruendo,  la despertó y la hizo saltar de la cama. En seguida, todavía medio confundida vio que estaba sola. “Ollanta”, pensó. Caminó entonces hasta la puerta de la habitación y escuchó tras de ella. “Un golpe, un golpe”.

Heredia quedó paralizada por un segundo. “No puede ser. Los militares no pueden darnos un golpe. ¿Para qué nombramos entonces a toda la promoción de Ollanta?”. Cuando salió de la habitación, vio a una de las mujeres que forman parte de la seguridad presidencial. “¿Quién dio el golpe? ¿Son solo los del Ejército?”, preguntó Heredia. “¿Militares? No hay ningún militar. El presidente se cayó en la cocina y se golpeó la cabeza”, le dijo. “Vaya, me tranquilizas”, dijo Heredia. “Pero tampoco se tranquilice, el presidente no reacciona todavía”.



Cuando llegaron a la cocina, el doctor estaba revisándole el pulso a Ollanta. 

El presidente abrió los ojos y se encontró en un lugar muy iluminado. No podía ver sus propios pies porque pequeñas nubes circulaban a ras del suelo.  De pronto se le apareció Dios, de larga barba, vestido de lana y con sandalias.

-Yo te conozco –dijo Dios-. Eres Ollanta Humala.
-Yo también te conozco –dijo Humala- Tú eres de los Ataucusi, ¿no? De los israelitas.
-No, yo soy Dios.

Humala demoró unos segundos en reaccionar.

-¿Entonces estoy en el cielo?
-Sí, pero estás en la entrada nomás.
-¿Y eso por qué? Recuerde que soy el presidente del Perú. Tengo mis influencias.
-Aquí las influencias no sirven. Está bien que el poder maree a la gente pero en tu caso parece que ha sido más fuerte.

Humala esbozó una sonrisa y volvió a mirar fijamente a Dios.

-¿Está seguro que no es de los Ataucusi? Me parece haberlo visto tomando esas cousters que van para Cieneguilla.
     
Dios movió la cabeza a los lados.

-Te repito que soy Dios. ¿Y tú has sido presidente del Perú? Qué pena ah. Tantas riquezas que le di a ese país y todavía hay millones de pobres.
-Bueno, tampoco me va a echar la culpa de todo la historia del Perú.
-Claro que no Ollanta. Pero dime, ¿qué pasó con las ideas de cambiar las cosas para ayudar a los pobres?

El presidente bajó la mirada. Luego volvió a ver a Dios y se alzó de hombros.

-Bueno, a veces las cosas no salen como uno quiere, ¿no? ¿Lo mismo no le pasó con Gamarra?
-¿Gamarra?
-Claro, ¿Gamarra y Sodoma no era?

Dios juntó las manos hacia él mismo.

-Perdónalo porque no sabe lo que dice.
-Bueno, ¿cómo funciona esto? No voy a estar de pie todo el día.
-Entrar al cielo no es fácil. Hay gente que demora años en entrar.
-¡Por ti! ¿Tan complicado es? ¿Por las penitencias?
-Aquí entre nos, me he llenado de burocracia y la cosa anda lentísima.
-Entiendo.
-Mira, Ollanta, te queda un año de presidente. No quiero generar estabilidad en el Perú, así que voy a dejar que regreses, pero no pierdas esta oportunidad.

Ollanta estiró su  mano y Dios la estrechó.

-Le prometo que en este año haré todo lo que no hice en estos cuatro años.
-No te pido tanto, Ollanta. Con que dejes a tu país estable y te alejes de las tentaciones todo estará bien. No lo olvides Ollanta..., Ollanta..., Ollanta...

El presidente sintió que sus ojos se cerraron y siguió escuchando su nombre, pero esta vez en la voz de Nadine. Entonces volvió a abrir los ojos y advirtió que lo habían llevado hasta su cama. La primera dama se acercó a él.

-Ollanta, me tenías preocupada.

Humala recordó todo lo que le acababa de pasar. Se levantó de la cama y aseguró sentirse bien. Le agradeció al doctor, pero le pidió que salga de la habitación que necesitaba hablar a solas con Nadine.

-¿Qué pasa Ollanta? ¿De qué me quieres hablar?
-Vamos a volver a la Gran Transformación. Vamos a hacer todo lo que debimos a hacer desde el inicio. Voy a llamar a Marisol a pedirle disculpas. ¿Todavía tienes el número de Siomi, de Tapia y de los demás? Todavía podemos hacer las cosas bien. ¿Qué dices?
-¿Estás hablando en serio?
-Claro, Dios mismo me dijo que debía volver a la Gran Transformación.
-¿Dios te habló?
-Claro, me habló. Él me entiende, lo mismo le pasó con Gamarra.
-¿Gamarra?
-Sí, mira, lo que pasa es que…
-¿Estás seguro que Dios quiere que vuelvas a la Gran Transformación? ¿Así te lo dijo exactamente?

Humala quedó pensativo.

-Bueno, no exactamente así.

Nadine le sonrió.

-Ya decía yo. Mejor descansa por ahora y cuando vuelva me sigues contando.
-De acuerdo. Pero desde ya te digo que este año será distinto Nadine. Voy a gobernar como siempre debí hacerlo.
-Claro Ollanta, cómo no.


Publicado en la revista Velaverde Nº126