martes, 21 de octubre de 2014

Un día con Urresti

En un local de Azángaro, el ministro Urresti camina de un lado a otro, mientras agentes de la Policía Nacional rebuscan por todos los rincones del lugar.

-Esto es un atropello –dijo el dueño del local-. Nosotros solo nos dedicamos al negocio de copiado.

-Claro, copian pasaportes, títulos, certificados y cualquier documento que les pidan –dijo Urresti, acercándose al intervenido.

-Mire –dijo el hombre, señalando un cuadro en la pared-. Esa es mi licencia de funcionamiento.

-¿Está vigente?

-Claro, le pusimos hasta el 2015.

Urresti miró al oficial a cargo del operativo y, con la mano, les ordenó que sigan sacando los documentos encontrados.



En ese momento, suena su celular.

-¿Sí? Sí, señorita Premier, dígame. No, no se preocupe, no he dicho nada hoy a la prensa. ¿Cómo? ¿Que quiere que me hagan un reportaje especial? No, no, no me niego, pero no es necesario. Según las encuestas la gente me sigue queriendo, aunque es verdad que la prensa ya no me está tratando tan bien. ¿Que el reportaje me va a ayudar a mantener mi imagen? No, señorita Premier, la verdad es que…¿Cómo dice? Bueno, ya, está bien. Si la primera dama lo ha pedido, yo encantado de hacerlo.


Al día siguiente, muy temprano, Urresti sale de su casa y se topa en la puerta con un reportero.

-Señor Ministro, soy Juan Pérez. Me han enviado para hacerle un reportaje.

-Ah sí, sí, tú dirás.

-Bueno, señor Ministro la idea es hacerle un reportaje de cómo es un día en su vida. Para que la gente sepa todo lo que usted trabaja.

-Ah ya, eso está bien.

-Vamos a resaltar eso de que usted casi no duerme. ¿Es verdad que solo duerme tres horas en el día?

-Es verdad, solo tres horas.

-¿Y no se cansa así?

-Un poco, pero lo compenso con las ocho horas que duermo en la noche.

De pronto, las facciones de Urresti se agravan.

-¿Y dónde está mi seguridad?

-¿Seguro que estaba aquí? – preguntó Pérez.

-¿Me vas a decir que cuando llegaste tampoco estaban?

-No.

Urresti dio un largo suspiro. “Esto no puede ser”, dijo y luego sacó su celular.

-Aló general. Sí, soy yo, el Ministro. ¿Cómo que cual Ministro? El Ministro del Interior. Lo estoy llamando porque quiero me que explique en este momento dónde está mi seguridad. Sí, general, no está. Sí, general, estoy seguro de que no está. ¿Cómo? ¿Que como son del 24x24 seguro que hoy les ha tocado su descanso? ¿A todos juntos? Mire, general, esto no se va a quedar así. ¡Cómo me van a dejar sin seguridad!¿Acaso usted no sabe lo peligrosa que está la calle? En seguida me da de baja a todos esos policías y luego usted mismo se da de baja. ¿Entendido?


Luego Urresti y el reportero llegaron a la sede del Ministerio del Interior. Ambos ingresaron  y caminaron hasta el despacho ministerial.

-¿Ministro? –dijo la secretaria.

-Claro que soy yo.

-¡Qué sorpresa Ministro! Sabe, yo pensé que era más alto. Al menos en la tele se le veía así.

-¿Cómo en la tele? –dijo el reportero-. ¿El ministro no suele venir al ministerio?

-No vengo mucho –respondió Urresti-. Yo soy un hombre de acción, no puedo estar pegado a un escritorio. Eso escapa a mi manejo, no lo puedo evitar, es mi naturaleza.

-¿Ah sí? –dijo el reportero- ¿Pero usted no dijo que cuando estaba en Ayacucho, el día que mataron al periodista, usted estaba en el escritorio?

Urresti le lanzó una mirada fría a Pérez. La secretaria, la asistente y un policía que estaban en el lugar enmudecieron y concentraron su vista en el Ministro.

-A ti no te ha enviado Rospigliosi, ¿no?


Minutos después, Urresti y el reportero salieron en el vehículo oficial. Ambos viajaban en el asiento trasero. Pérez sacó una libreta de notas y un lapiz.

-¿Y tú no usas esas cosas que usan ahora para grabar?

-Sí, claro –dijo Pérez- esto es solo para poner algunos comentarios.

Urresti asiente y da una mirada afuera de la ventanilla.

-¿A dónde estamos yendo Ministro?

-A la debacle total. La delincuencia crece, la economía se enfría, el trabajo…

-No, señor Ministro, no me refiero en general, sino en estos momentos, ¿a dónde vamos?

-Ah ya, bueno, primerito nos vamos a San Jacinto.

-Entiendo, vamos a un nuevo operativo.

-No, en realidad vamos a comprarle un repuesto al auto.

Pérez mira extrañado a Urresti.

-No irás a poner que vamos a San Jacinto para eso, ¿no?


Horas después, Urresti y Pérez se encuentran sentados en un restaurant.

-¿Y cómo va esa nota? –pregunta Urresti mientras espera que los platos ordenados lleguen.

-Bien, Ministro.

-No te noto muy convencido.

-Es que tengo una pregunta que quiero hacerle.

-Dime.

-¿Por qué es usted como es?

-¿Qué pregunta es esa?

-¿Por qué dice las cosas que dice? ¿Por qué se pelea con la prensa? ¿Por qué dice esas frases tan extrañas?

-Extrañas no, es que me sacan de contexto.

-Por ejemplo eso que acaba de decir de los sicarios.

-Ya mira, ese es un buen ejemplo de cómo me tergiversan. Yo dije bien clarito que el sicariato debe preocuparles solo a los delincuentes.

-Eso es pues.

-Pero la prensa que es amiga de estos expertos que siempre me critican dijo que yo había dicho que el sicariato debe preocuparles solo a los delincuentes.

-Pero eso es lo que acaba de decir.

-¿Yo? ¿Cuándo?

-Ahorita Ministro, lo acaba de decir.

-Lo que he dicho es que el sicariato debe preocuparles solo a los delincuentes.

-Ya ve, lo ha repetido.

-Tú también pareces de esos periodistas que me inventan declaraciones.

-Usted no se da cuenta de las cosas. ¿no?

-¿Darme cuenta de qué?


En la noche, en el vehículo oficial, Urresti conversa con Pérez mientras se alejan de Mesa Redonda, lugar del último operativo del día.

-¿Y aprendiz de periodista? ¿Cómo saldrá la nota?

-Bien, se nota que ganas no le faltan a usted.

-Eso sí.

-Lo que le faltan son ideas.

-Lo mismo dicen todos lo que me critican. Se la pasan diciendo que yo no tengo una estrategia.

-¿Y usted tiene una?

-No, pero eso a ellos qué les importa. Yo sé cómo hago mi trabajo. Tú has sido testigo que todo el día estoy tras los delincuentes.

-Pero puros pirañitas y arrebatadores de celulares. ¿Esa es la labor de un ministro?

-Ya ves. Uno te trata bien y me dices lo mismo que me dicen mis críticos.

-Es sentido común nomás Ministro. Es lo mismo del caso de Ayacucho. Es difícil pensar que usted no tuvo nada que ver.

Urresti movió la cabeza a los lados.

-Hasta aquí nomás. Terminemos de una vez con esto.

Luego ordenó detener el auto al chofer.

-El reportaje terminó. Puedes bajarte aquí.

Pérez abrió la puerta y descendió del auto. Antes de cerrar miró a Urresti.

-De todas maneras gracias por la entrevista.

-No te la hubiera dado si no fuera porque la Premier me insistió. Y aunque te haya mandado ella no me confío de nadie. Así que cuidadito con que en tu nota me hagas ver como un si fuera cualquier improvisado.

-No se preocupe, señor Ministro. Usted no es cualquiera.

Publicado en la revista Velaverde Nº86

viernes, 17 de octubre de 2014

Chuponeo S.A. (Ana Jara - Ollanta Humala)


Ana Jara: Aló señor presidente, lo llamaba porque necesito coordinar un tema de suma importancia. El problema es que Nadine no me responde.

Ollanta Humala: ¿Y quieres saber mi opinión solo porque no puedes ubicarla?

AJ: No, señor Presidente. Lo que quiero saber es si Nadine está por ahí.

OH: No está, así que mejor dime qué ocurre.

AJ: Se trata de usted, pero como todo lo coordino primero con la primera dama…

OH: Si se trata de mí tengo derecho a saber.

AJ: Lo que pasa es que la Comisión que ve el caso de López Meneses quiere que usted declare.

OH: Me parece muy bien que se investigue el tema.

AJ: Qué bueno que piense así. Entonces va a declarar.

OH: No, gracias.

AJ: Pero solo tiene que decir lo que sabe del caso.

OH: Por eso mismo: no, gracias.

AJ: Pero usted no decía que nuestro gobierno se distingue por la transparencia.

OH: ¿Y acaso no estoy siendo transparente contigo?

AJ: Y ahora ¿qué les voy a decir los de la comisión?

OH: Diles que respeten la majestad de mi cargo, que tengo impunidad.

AJ: Inmunidad.

OH: Eso, inmunidad, y diles que nadie puede dudar de mi honor ni de mi caradura.

AJ: Catadura.

OH: Eso, catadura, y por último también diles todo lo que se dice en estos casos.

AJ: ¡Qué vergüenza! Esto es un insulto a la democracia.

OH: Exacto. También diles eso.

Publicado en El Otorongo (Peru21 - 17.10.2014)

lunes, 13 de octubre de 2014

La carta de Cándido Torrejón

La revista Velaverde lamenta informar que la columna de Yuri Rodríguez Vásquez no saldrá esta semana. Pedimos disculpas a todos los fieles seguidores de este espacio, es decir, a la familia y amigos del autor. En su lugar, hemos preferido  publicar una reveladora carta que nos llegó hasta nuestra redacción, hecho que nos sorprendió  considerando que Serpost seguía en huelga. La decisión, desde luego, no fue sencilla. El columnista iba a publicar un sesudo y esperado ensayo sobre por qué se pierden los imperdibles. Mientras que la misiva daba luces sobre la corrupción desatada en Chiclayo.

La votación del consejo editorial fue reñida: dos votaron para que se publique la columna, tres para que no se publique esta semana y cuatro para que no se vuelva a publicar más. Lo importante, sin embargo, es la carta que a continuación se transcribe en su accidentada redacción original.


Clandestinidad, 11 de octubre del 2014

Señores de Velaverde:

Me llamo Cándido Torrejón. Escribo esta carta para que tengan a bien publicarla y para que sepan que aunque estoy en la clandestinidad en realidad no soy culpable de nada. Fui parte de la gente del alcalde, pero nunca cometí delito, al menos no por voluntad.

Todo comenzó en el 2007. Había sido despedido intempestivamente de mi trabajo, aunque con dos semanas de anticipación. Flaco, ojeroso, cansado pero con ilusiones, me fui a Chiclayo a probar suerte. Llegue a la ciudad con todos mis ahorros para primero tomarme un merecido descanso. Dos días después veía que los ahorros ya se me estaban acabando así que decidí que era hora de buscar trabajo.

La primera vez que salí a buscar trabajo me dirigí a la Plaza de Armas porque me habían dicho que cerca de ahí había varios locales comerciales.

Por fortuna –o por desgracia- ocurrió que al pasar cerca de la municipalidad escuché una bulla que me hizo acercarme. Ingresé sin que me pidieran ningún documento. Y, apenas me asomé a un local que llaman creo salón consistorial o algo así, un señor de mediana edad, que lideraba la reunión, me señaló y todos los asistentes voltearon a verme. Yo, intimidado, retrocedí y ya iba a irme cuando el señor ese me llamó y me dijo: “Joven, pasa y siéntate”. Yo le obedecí y me senté. “Este joven –dijo- es el vivo ejemplo de que la juventud chiclayana acude a nuestro llamado para lograr una ciudad moderna”. Luego me dijo: “’¿De dónde eres? ¿De Pimentel? ¿Monsefú? ¿Reque?” “No –le dije- soy de Lima”. Un murmullo recorrió el recinto y el señor ese, que no tenía mucho cabello,  dijo, ya no a mí, sino a todos: “Ya ven señores, nuestro llamado ha calado tan hondo que desde la capital del país vienen los jóvenes conocedores que el futuro del Perú está en Chiclayo”.  La gente aplaudió aunque en verdad varios se estaban sonriendo.

Cuando la reunión terminó, el señor ese, que resultó que era el alcalde, se me acercó y me dijo: “¿Qué diablos haces aquí?” “Bueno –le respondí- busco trabajo”. Me miró un par de segundos y luego me dijo que estaba contratado, que fuera al día siguiente y que ya verían donde me podrían colocar. Entonces sacó un billete de cien soles y lo puso en mi mano. “Toma considéralo un bolo”. “¿No será un bono?”, le pregunté. “Lo que sea –me dijo-, ¿lo quieres o no?”. Yo lo tomé en seguida porque nunca me ha gustado que me presionen.

Me dieron un trabajo de asistente del asistente del ayudante del alcalde, o algo así. La primera mañana que estaba en el municipio la vi, a ella, a Katiuskha, me refiero, a la que sería también mi jefe, es decir, mi jefa, la jefa de todos, empezando por el alcalde. Pero en ese momento era solo una practicante aunque pronto me di cuenta que prácticamente ese era un cargo formal. La verdad era que ella hacía y deshacía en el municipio. Entonces fue que me contaron que ella y el alcalde eran pareja. "Pero si ella puede ser la nieta del papá del alcalde", comenté haciéndome el gracioso, pero la persona que estaba a mi lado me dijo, muy seria, que tuviera cuidado con mis palabras.

Días después, el sábado, el alcalde había organizado una gran fiesta. Fue entonces cuando pude ver realmente la capacidad económica del alcalde. Desde las primeras horas de ese día estuve ayudando con los preparativos. Me habían dado una lista inmensa de cosas que debía de llegar a la casa y yo las iba cotejando: licor, gaseosas, comida, bocaditos y muchas cosas más. Llegaron también varios grupos de cumbia y durante la mañana y la tarde el alcalde visitaba esporádicamente la casa para ver cómo iba todo.

En la noche, la casa estaba llena. La primera orquesta ya estaba tocando y varias parejas ya bailaban. Los mozos iban de un lado a otro, procurando que a ningún invitado tuviera seca la garganta por mucho tiempo. En el patio,  dos mesas larguísimas soportaban los enormes platos de comida norteña. Yo me preguntaba a qué se debía la fiesta.

La respuesta llegó media hora después cuando noté que había cierto alboroto en la entrada de la casa. Entonces la vi y casi no la reconocí. Una elegante Katisukha llegó acompañada de su madre y de algunas personas más. No sé de qué parte de la casa salió, pero el alcalde, feliz de la vida, llegó raudo a recibirla. De pronto pasó algo extraño, no sé quién empezó pero surgieron aplausos. La cosa es que en un ratito ya todos estaban aplaudiendo y la imagen me hizo acordar, igualito, a cuando en un quinceañero el padre presenta a su hija en sociedad.

Esa fiesta fue de todas las que vi después sin duda la más costosa. Sin duda. No he hecho cálculos ni nada pero por lo que recuerdo debe serlo. Algo de eso le dije al alcalde esa misma noche cuando en un momento se me acercó a hacer un salud y pude notar que ya estaba, digamos, bastante alegre. No me imaginé que su respuesta sería tan directa y tan reveladora. “Señor –le dije- es una gran fiesta, pero me da una curiosidad”. “Habla pues”, me dijo. “Yo he estado recibiendo las cosas para la fiesta y son los mismos proveedores del municipio. Es decir, ¿la fiesta se ha hecho con su plata o con la plata del municipio?". Me miró unos segundos y luego me respondió "Es la misma vaina".

En ese momento supe que la corrupción en el municipio era inmensa, pero decidí quedarme con la esperanza que el alcalde enmiende su camino, deje de robar y se entregue a Dios, o a la justicia. Pero nada de eso pasó.

Hoy, sigo escondido pero he decidido que en los próximos días, o semanas o no sé bien cuándo pero pronto, voy presentarme ante las autoridades y decir todo lo que sé. Sobre mi cuota de responsabilidad, debo aceptar que el dinero que recibí provenía de las arcas del municipio y eso me hace cómplice. Nunca debí recibir  esos 100 soles.

                                                                                                             Cándido Torrejón


La autenticidad de esta carta no está en discusión. Que la anécdota donde el alcalde dice aquello de “es la misma vaina” se parezca mucho -quizá demasiado- a un cuento de García Márquez, no quiere decir de ningún modo que la misiva sea falsa. 

Significa en todo caso que la ficción y la vida son, en ocasiones, la misma vaina.

Publicado en la revista Velaverde Nº85

Chuponeo S.A. (Alan y Cornejo)



Alan García: Aló Enrique, te llamaba para felicitarte

Enrique Cornejo: Gracias, pero ¿con quién hablo?

AG: ¡Cómo con quién hablas! Soy Alan.

EC: Ah ya, Alan, sí claro,  me acuerdo de ti. Mira, algunos compañeros me dicen que estás un poco molesto conmigo porque ahora soy tan popular como tú.

AG:¿Perdón?

EC: No te preocupes. Te perdono Alan, para eso somos compañeros.

AG: Mira, querido mortal, está bien que hayas superado mis expectativas, es decir que alguien haya votado por ti, pero parece que te has mareado con tanto elogio. Ahora solo falta que quieras lanzarte a la presidencia.

EC: Bueno, si el pueblo me lo pide...

AG:¿Cuál pueblo? No has ganado en Lima y ya quieres ser presidente. No te olvides que el Apra sin mí sería un desastre.

EC:¿Como tu primer gobierno?

AG: Si no recuerdas, en ese periodo se redujo el número de pobres.

EC:Sí, y a todos se les dio cristiana sepultura.

AG: Eso es falso. Algunos eran ateos. Además, no te olvides que en mi primer gobierno tú fuiste secretario general de Palacio. ¿O ya te olvidaste de eso?

EC: Este…este

AG: Bueno, tienes suerte, la gente tampoco se acuerda.

EC: Pero sí se acuerda de los narcoindultos.

AG: Tú me conoces Enrique. ¿En verdad crees que en esos casos mi conducta es media sospechosa?

EC: No Alan, tú nunca haces nada a medias.

Publicado en El Otorongo (Peru21 - 10.10.2014)


lunes, 6 de octubre de 2014

Una cita con Luciana

A veces uno no sabe bien adónde va en la vida, incluso cuando uno está viajando en un taxi. Así de extraño me sentí cuando, hace dos semanas, conocí de forma sorpresiva a una persona que por estos días viene siendo muy cuestionada. El destino quiso ponerme de testigo también de los preparativos de su defensa. Esta es la historia.



A instancias de una amiga, llegué a un conocido restaurant para conocer a la desconocida que me estaría esperando. A ver, no era una desconocida del todo. Mi amiga me había dado algunas nociones generales sobre sus gustos, sus metas, sus ideales.

-¿Es bonita? –le pregunté.
-Sí, claro –me dijo.
-¿Y qué le has dicho de mí?
-No te preocupes – me dijo- Ella no es superficial.

Era mi primera cita a ciegas, si es que hay que llamarla de algún modo. Además, que quede constancia que solo estaba yendo por la increíble insistencia de mi amiga, lo que ya debió haber sido para mí un anuncio de que algo raro estaba pasando.

Ingresé al restaurant con unas ínfulas que no sé de dónde vinieron pero que, claramente, estaban inspiradas en aquello de que la primera impresión es lo que cuenta, o algo así. Recorrí entonces con la mirada el local. Pronto mi vista se detuvo en la única mesa ocupada por una sola persona. Era una chica, una chica bonita como había dicho mi amiga.  Entusiasmado e intrigado a la  vez, me acerqué a la mesa. Unos metros antes de llegar comprobé, no sin sorpresa, que la chica que estaba sentada era la blonda y aprista parlamentaria León.

-Hola soy Luciana –me dijo cuando terminé de acercarme.
-Hola yo soy  Yuri –le dije recuperando el aplomo.

Después del saludo me senté frente a ella. Varias dudas de pronto me vinieron a la mente mientras me acomodaba en mi lugar. ¿Luciana León en un cita a ciegas? ¿Por qué mi amiga nunca me dijo de quién se trataba? ¿Aquí podré pagar con mi tarjeta bonus?

-Te confieso que para mí es una sorpresa. No sabía que eras tú con quién me encontraría.
-¿Ah no? ¡Qué extraño! Yo sí sabía que me encontraría contigo.

Sonreí con una sonrisa del tipo acabo de hacerme una profilaxis. Achiné un poco los ojos porque alguna vez una chica me dijo que se me veía bastante bien cuando lo hacía. Mmm, ¿o lo había dicho de broma?

-¿Te pasa algo en los ojos?
-No, ¿por qué?
-Es que están medios chinos.
-Ah no –dije llevándome la mano a los ojos -. Creo que me ha entrado algo.

Ella se sonrió y yo igual. Entonces se me vino a la mente preguntarle cómo es que se le había ocurrido involucrarse en una cita a ciegas, pero no encontraba la forma adecuada de decírselo. Entonces apareció el mozo y, como dándome una señal,  puso las cartas sobre la mesa. Luego de hacer nuestros pedidos, me reacomodé en el asiento y la miré.

-¿Y cómo así te animaste? –le pregunté.
-¿A qué te refieres?
-Digo, a venir a una cita a ciegas.
-¿Cita a ciegas? –me preguntó y su rostro se agravó de pronto-. ¿Cuál cita a ciegas?

Yo abrí mis manos instintivamente y dibujé una sonrisa del tipo me acaban de hacer la profilaxis, pero yo venía por una endodoncia.

-Mi amiga me dijo que me ibas a ofrecer tus servicios de relacionista público.

Entonces abrí mis manos del todo y recordé enseguida que mi amiga era una bromista de lo peor, pero nunca pensé que llegara a tanto.

-Mira Luciana –le dije-. La verdad es que…

De pronto el celular de Luciana empezó a sonar y me hizo un gesto para que no siguiera hablando. El rostro de la congresista, mi ex cita a ciegas, se puso lívido. Escuchó la llamada unos segundos más y colgó.

-Vamos –me dijo.
-¿Vamos? ¿A dónde?

Entonces se puso de pie y se colgó la cartera al hombro.

-Vamos a mi casa.

Por un momento pensé que aquello de los ojos achinados había rendido sus frutos, pero no. Algo estaba ocurriendo y, sin saber cómo, yo me estaba involucrando en ello.

Llegamos a la casa de Luciana. En el camino  me contó que un semanario iba a publicar una denuncia en su contra. El medio afirmaba que había pagado en poco menos de dos años,  más de un millón de soles para amortizar una deuda inmobiliaria. Y, como se suponía que yo le iba a ofrecer mis servicios de relacionista público, era el momento justo para demostrar mis conocimientos, o para salir corriendo.

Entramos a la residencia y en la sala nos estaba esperando su padre, el mismísimo Rómulo León. Me saludó y nos dimos la mano.  Luego llamó a Luciana a un lado y claramente le reclamaba por mi presencia allí.  Sin embargo, Luciana lo convenció de que yo era un tipo experimentado y conocedor del tema. Creo que Luciana era más bromista que mi amiga.

-Bueno –dijo Rómulo- creo que tienes que salir a defenderte apenas se publique la nota.
-Claro papá.

Luego los dos me miraron, esperando que les dé el consejo del año, el tip genial.

-Hay que ganar la interpretación de los hechos –les dije.

Ambos se miraron entre sí y luego Rómulo me señaló.

-Exacto. Eso suena bien.
-¿Y si decimos que todo ese dinero lo he ahorrado porque cuando salgo nunca pago y todos me invitan?

Rómulo me miró y yo lo miré. Entonces comprendí que Luciana  no tenía idea de cómo defenderse y que las cejas de Rómulo son disparejas.

-No pues Lucianita –dijo Rómulo-. Si dices eso la gente se va a reír.

Luciana me miró esperando un apoyo de mi parte.

-Bueno, eso puede servir. Es decir no exactamente eso pero sí la idea de que eres alguien que ahorra mucho.

Por las expresiones de Luciana y Rómulo, parecían estar de acuerdo. Entonces se me ocurrió hacerles la pregunta que debí de haber hecho desde un inicio, la pregunta del millón.

-A todo esto Luciana –dije  y me puse la mano sobre el pecho-. ¿Todo ese dinero es tuyo o de tu padre? Quiero decir, ¿el más de un millón de soles que pagaste de pronto es dinero lícito?

En la calle, mientras me alejaba de la residencia de los León, me preguntaba por qué en lugar de responderme decidieron que era mucho mejor echarme. ¿Mi pregunta había sido una falta de respeto o había dado en el blanco?  Decidí volver a casa y tomé el primer taxi que encontré. Quería llegar lo antes posible para pensar bien en todo lo que había pasado y para almorzar de una buena vez.

A veces uno no sabe bien adónde va en la vida y, por las vueltas que está dando el taxista, parece qué él tampoco.

Publicado en la revista Velaverde Nº84

sábado, 4 de octubre de 2014

Chuponeo S.A. (Humala - Urresti)



Ollanta Humala: Aló Daniel. Te habla el presidente.

Daniel Urresti: Dígame, estoy a la orden.

OH: Estás en desorden más bien.  Tu popularidad ha bajado, la inseguridad ciudadana crece y la gente ya no tiene sus esperanzas cifradas en ti.

DU: Por favor, ya no me hable de cifras.

OH: Vamos Daniel, ¿alguna autocrítica?

DU: No creo ser el indicado para eso.  

OH: Pero tú mismo debes pensar qué estás haciendo mal.

DU: ¿Debo pensar?

OH: Tienes que recuperar tu popularidad.

DU: Mire, lo que ocurre es que mis enemigos no paran de criticarme y la gente empieza a percibir que lo bueno que percibían de mí era solo una percepción. ¿Me entiende?

OH: Entiendo que quizá me equivoqué contigo. Y para colmo la prensa denuncia que se ha perdido 900 kilos de cocaína. ¿Qué pasó con la droga incautada en Huanchaco?

DU: La incineramos y se hizo humo.

OH: ¡Qué bien! ¿Y la droga que dicen que se perdió?

DU: Esa solo se hizo humo.

OH: Vamos Daniel, no me decepciones.

DU: Le aseguro Sr. Presidente que solo estoy haciendo lo que usted hubiera hecho en mi lugar.

OH: Con razón estamos mal. Pero confío en que volverás a ser tan popular como al principio. Fíjate que incluso pensaba cambiar tu sueldo y pagarte lo que en verdad te mereces.


DU: No pues Sr. Presidente. No me baje el sueldo.

Publicado en El Otorongo (Peru21 - 03.10.2014)